¡Mentira! ¡No todos estuvimos contra ETA!


El obsceno festejo que el viernes montó ETA, con la infame colaboración del PNV y de Podemos, de muchos tontos útiles y de un montón de desalmados, solo merece desprecio y no gastaré ni un minuto en hacerle publicidad a los herederos de una mafia criminal causante de un dolor indescriptible.

Sí creo indispensable, sin embargo, refutar la mentira que estos días algunos quieren colar como verdad. Esa que expresaba En Marea, por ejemplo, en un comunicado delirante: que el fin de ETA fue resultado del «trabajo conjunto del pueblo vasco por una resolución pacífica de los conflictos».

¿Qué pueblo vasco? ¿El que votaba a HB y jaleaba cada asesinato, secuestro y extorsión? ¿El que apoyaba al PNV, sin cuya inmoral ambigüedad ETA se habría rendido mucho antes? ¿El que durante ¡medio siglo! miró para otro lado, mientras se acosaba a docenas de miles de personas de forma ignominiosa? ¿El que formó el batallón de los chivatos, los cómplices por omisión y los Pilatos que se lavaban las manos porque lo de ETA era «muy complejo»? ¿Los curas que enterraban de tapadillo a los asesinados?

No, no todo el pueblo vasco estuvo contra ETA, como tampoco lo estuvieron una parte, en este caso mucho más minoritaria, de los restantes españoles. Porque la realidad es que hubo no poca gente que compró la tan inicua como disparatada teoría del conflicto, de la que En Marea vuelve a hablar: esa según la cual en el País Vasco se enfrentaban los defensores de las libertades nacionales y una España opresora que se negaba a reconocerlas. Una lucha, se afirmaba, que solo podría terminar con un acuerdo entre las partes. Es decir, entre los asesinos y el Estado democrático.

No pocos españoles -vascos o no- se apuntaron a ese dislate criminal, actuando como corifeos de ETA y buscando explicaciones a sus crímenes. Nacionalistas gallegos y catalanes que pasearon a los dirigentes de HB y no apoyaron su ilegalización. Profesores, periodistas e intelectuales izquierdistas, que compraron su seguridad con un silencio cobarde y vomitivo. Artistas que iban al Festival de San Sebastián año tras año sin decir ni una palabra sobre los terribles crímenes de ETA. Obispos que repartían las culpas entre los pistoleros y quienes caían abatidos por sus balas.

Frente a tanta patraña hay que alzar la voz tantas veces como sea necesario para insistir en que ETA desaparece, sin haber conseguido ni uno solo de sus enloquecidos objetivos, gracias a la acción de las instituciones democráticas, de las fuerzas de seguridad, de los jueces, de los partidos constitucionalistas, y del periodismo sano y libre. Y gracias al coraje de una parte de los españoles -vascos y no vascos- que, tantas veces acusados de fascistas por los pistoleros y sus secuaces, nos opusimos sin tregua a su actividad criminal y defendimos que para ETA no podía haber otro final que el que ha tenido: su rendición sin condiciones.

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