Humillación antiedad

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Viendo el comentado vídeo de Cifuentes reparé en lo sutil que puede resultar la humillación. Aquella mujer sin volumen, en aquel cuartucho lóbrego, rebuscando en la cartera unos tickets que sabía que no existían. El guardia observándola, con esa convicción paciente de quien ha visto a mucha gente sorprendida en el ajo. Una persona que miente como un chiquillo a pesar de que las pruebas son aplastantes. La escena destilaba una obscenidad insuperable, algo mucho más impúdico que el retrato robado de un escarceo. Cristina podría haberse recobrado de su hurto, pero no de ese triste registro y de su denigrante empeño en negar la evidencia.

La misma mujer energética que avanzaba firme sobre la moqueta de la Asamblea de Madrid cruzó literalmente una calle y acabó en un cuarto oscuro enseñando el bolso, uno de los actos más perturbadores a los que puede enfrentarse una mujer. Puede que ese mismo día, minutos antes de detenerse en el lineal de las cremas del Eroski de Vallecas, un fotógrafo de prensa la hubiese retratado con el ademán satisfecho que practican los políticos que se ven llegando lejos. Si se hubiese puesto en el medio de esa calle, Cifuentes habría visto las dos posibilidades de su vida. En cinco minutos sentenció su futuro político, aunque fuese una sentencia en diferido, justo cuando dejó de serle útil al partido.

Hay algo grimoso en toda esta historia en la que anda Madrid, un trasfondo tenebroso que resulta hipnótico. Un rollo zafio que contradice esa superioridad capitalina con la que a veces pretenden tratarnos a los de provincias.

Pero por ahí no van aquí los tiros. Van más bien por todas esas veces en las que la humillación con mayúsculas se produce durante un acto minúsculo, a través de un vídeo tomado en la trastienda de un supermercado con el bolso abierto mientras un guardia busca un bote de Olay antiedad.

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