El capítulo de ETA que no podemos olvidar


Si partimos de una visión esencialista del hombre, y valoramos igual una vida que un millón, la crónica de ETA no es más que un trágico capítulo de dolor y violencia, o un episodio común a todas las civilizaciones que solo se ven en relieve cuando mezclan con crueldad las luces y las sombras. Y si partimos de la contemplación individual de las víctimas, donde el número de los muertos, heridos y afectados mide la dimensión de la tragedia, la historia de ETA apenas consigue asomar la cabeza en el conjunto de desastres, genocidios y debacles que en forma de salvapatrias, revoluciones, narcos, dictaduras, asesinos en serie, terroristas, fundamentalistas, esclavistas y explotadores, cuentan sus víctimas por docenas de miles cada año.

Y, en este sentido, el simple hecho de derrotar a la banda equivale a superar un tránsito por el infierno, o a celebrar un amanecer de paz y libertad. Lo malo es que en estas circunstancias estamos obligados a pensar en que las heridas del alma curan peor que las del cuerpo, o que los trastornos de la convivencia y del orden social generan frutos más amargos y peligrosos que los de la muerte física.

Los pueblos superan mucho antes las guerras dantescas que la ponzoña que dejan los conflictos mafiosos.

Y por eso estamos obligados a hacer un psicoanálisis colectivo que nos ayude a recordar lo que instintivamente olvidamos, porque solo así podremos recuperar la salud física y mental en la que se expresa la normalidad política. Dejando para el diablo a los asesinos y las pistolas, y antes de enfrascarnos en una lucha por el relato, es imprescindible reconocer que ETA se fundó y desarrolló en un marco de comprensión en el que mucha gente llegó a creer que la banda formaba parte de la lucha por la democracia.

Nos dejamos engañar por los que, presentándose como gudaris contra la dictadura, nos hicieron creer que algún día ingresarían en la democracia entre la multitud desarmada. Y este sacrilegio contra la trágica experiencia de los pueblos duró, con muy escasos recelos, hasta que una historia de crímenes aberrantes nos hizo dar de bruces con el tiro en la nuca de Miguel Ángel Blanco y con el secuestro, estilo Auschwitz, de Ortega Lara.

Solo entonces nos dimos cuenta de que habíamos pasado treinta años ignorando las lecciones de la historia: que toda violencia engendra violencia; que ningún dictador se cayó del caballo en el camino de la libertad; que ningún fin justifica los medios criminales; que en medio del desorden no florece la justicia; y que todos los atajos hacia el paraíso son abismos insondables.

Lo más importante del fin de ETA es que nos preguntemos si hemos aprendido la lección. Porque si nos creemos protagonistas de una historia fatal, en la que muchos millones de ángeles fueron rodeados por algunas docenas de demonios, cerraremos en falso este trágico episodio, y no estaremos libres -y no miro para nadie- de volver a repetirlo.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
35 votos
Comentarios

El capítulo de ETA que no podemos olvidar