Ornitología urbana


Las palomas de mi calle llevan tiempo mostrando un comportamiento extraño. Ya no huyen de los niños como ocurría cuando yo era uno o como cuando lo eran mis hijos. Ya no explotan en bandada al aire cuando se oye una palmada o un ladrido. Ahora se comportan como peatones maleducados y no se apartan cuando te cruzas en su camino, insisten y casi te empujan, y si se ven obligadas a levantar el vuelo, lo hacen con malas formas y te pasan rozando la frente sin consideración alguna. Las palomas de mi calle se alimentan de los bocadillos de mortadela que desdeñan los párvulos del tobogán y los columpios. En casa de mi madre, que se levanta frente al muelle de Linares Rivas de A Coruña, todos los miércoles una gaviota se apoya contra el cristal de la ventana y nos vigila amenazante mientras comemos. Tal vez nos quiera dar pena para que le demos algo, pero se muestra arrogante y nos mira con un algo de hostilidad. Incluso las urracas se están dejando ver por la ciudad, entre los naranjos de las aceras, y buscan colillas debajo de los coches, o tal vez diamantes extraviados. Solo cuando uno emprende la cuesta costera para alcanzar el pulpo de mosaico que se enrosca al pie del monte de San Pedro, los pájaros se comportan como se espera de ellos: cantan y pían y vuelan y se alegran de que la tarde se haya rendido al sol y lo despiden a saltitos. Son pájaros minúsculos que van contado el ornitólogo Sandoval y otros románticos.

Por mí, que se vayan las palomas y vuelvan los gorriones, que me caen mucho mejor.

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