En la guerra siria llueve sobre mojado


La guerra de Irak también se inició tras una investigación, auspiciada por la ONU, en la que quedó probado que el arsenal químico de Sadam Huseín ponía en riesgo al mundo entero. Antes de bombardear Bagdad, nos mostraron las fábricas ambulantes que eran capaces de fabricar ántrax y fosgeno a partir de leche merengada y orina de camello. Y hasta el prestigioso general Colin Powell se atrevió a comparecer en la ONU, con un frasco de 4 cm3 de agua destilada, para informar de que aquel líquido incoloro era suficiente para escribir otro Apocalipsis en el metro de Nueva York. El balance final -después de cien mil muertos, cuatro millones de desplazados y un Estado aniquilado- se resume en que todo era mentira, y que solo había sido una disculpa para que George W. Bush no se fuese de la Casa Blanca sin una guerra con la que adornar su historia. 

Los que bombardearon Siria en la madrugada del sábado eran estos mismos, a los que debemos creer que el Gobierno de Siria tiene capacidad para fabricar un gas de expansión controlada, que no deja rastros evidentes de su uso, con el que Al Asad invita a todos los halcones de Occidente a bombardear sus bases y arsenales. Y por eso proclamo que, no teniendo ningún argumento sólido para negar que Al Asad gaseó a su propia población, tampoco los tengo para creer que Trump es mejor que Bush, May mejor que Blair y Macron mejor que Aznar.

La defensa humanitaria de los sirios solo tiene dos caminos: parar la guerra, o acabarla. La utopía de pararla la impulsa el papa. Y la realpolitik de acabarla -con una interesada victoria- solo la defiende Putin. Los demás -o sea, los nuestros- solo intentan arbitrar la masacre para que la guerra no se acabe antes de picar toda la carne, mientras el tiempo y la destrucción juegan a favor de unos turbios intereses que ya se pueden adivinar detrás de la tercera carambola. Por eso debemos desenmascarar estas maniobras que -después de «salvar» a Afganistán, Libia e Irak- siguen insinuando que prolongar las guerras es más justo que ganarlas.

Decía Martí Baró, el jesuita asesinado con Ellacuría, que, aunque los sesenta y cinco años de guerra que sufrió El Salvador no generaron más muertos que el bombardeo de Dresde -que duró una noche-, sus efectos destructivos fueron mucho más graves, porque el tiempo durante el que un país se destroza, se deseduca, se emponzoña y se acostumbra a la violencia puede durar décadas, y sus efectos sociales, que no los materiales, se extienden a varias generaciones que viven una paz solo aparente. Pero Trump no leyó a Martí Baró, aunque su tesis, defendida en Madison, estaba escrita en inglés. Y por eso es probable que insista en salvar a los sirios a base de misiles que, en vez de ser lanzados para acabar la guerra, solo intentan prolongarla. Y nosotros seguiremos así, tan panchos. Porque, en los días que vive Occidente, hablar de sutilezas es lo mismo que llorar.

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