Autorretrato extremista de Méndez de Vigo

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Estoy radicalmente a favor de la libertad de expresión. Sin matices. Me gusta saber que un nazi es un nazi y que está encantado de haber gaseado a seis millones de judíos. Me gusta saber que un estalinista prefiere clavarte un piolet en la frente antes que dialogar. Me gusta saber que un batasuno -o como demonios se llamen ahora- es un batasuno y no solo no se arrepiente, sino que está orgulloso de los mil muertos que dejó ETA. Quiero que esta gente se autorretrate con sus palabras y conocer a quién tengo enfrente.

Por eso me hizo tan feliz ayer leer -gracias a Lourenzo Fernández Prieto, catedrático de Historia Contemporánea de la USC y colaborador de este diario- una información publicada por La Voz de Galicia el 21 de marzo de 1976 en la que se contaba que Íñigo Méndez de Vigo y Montojo, entonces estudiante de Derecho de la Universidad Complutense, había remitido, junto a otros 16 compañeros de estudios, una belicosa carta a Carlos Robles Piquer, ministro de Educación y Ciencia del Gobierno de Arias Navarro, como se sabe dos de los rojos más peligrosos de la transición.

En la misiva, el ahora ministro de Educación, Cultura y Deporte y sus colegas se quejan amargamente a Robles Piquer por afirmar en la prensa que «la violencia moral está en manos de la extrema izquierda, mientras que hay comandos de extrema derecha que utilizan la violencia física».

Tras rebatir con argumentos algo obtusos las declaraciones del ministro, lo más interesante de la epístola a Robles Piquer llega al final, cuando Íñigo Méndez de Vigo y sus 16 compañeros de facultad afirman solemnemente:

«La violencia de la impropiamente denominada extrema derecha es el reflejo de su legítima defensa ante el asalto de grupos activistas de signo absolutamente contrario, con marcado cariz comunista. Mientras la convivencia pacífica universitaria no esté debidamente garantizada, la respuesta no puede ser otra por parte de quienes queremos que la autonomía de la Universidad sirva para erradicar de ella la blasfemia intolerable y las soeces injurias para la patria y el Rey». Esto es lo que yo llamo autorretratarse. Firma el texto el mismo Méndez de Vigo que hace unos días entonaba en Málaga, con el pecho henchido, El novio de la muerte.

Por supuesto, aunque yo entonces tenía siete añitos y solo creía en las canicas de acero y en Johan Cruyff, estoy también radicalmente a favor del perdón de los pecados y de la reconciliación nacional que supuso la Constitución de 1978. Y todo el mundo -incluso Méndez de Vigo- tiene derecho a evolucionar. Ya lo dijo Darwin. Pero es bueno saber de dónde viene cada uno. Más que nada para saber adónde puede volver llegado el caso.

Y también es cierto que todos tuvimos 20 años y cometimos travesuras de juventud. Pero algunos no nos dedicábamos a escribir cartas defendiendo el uso de la violencia física. Ya teníamos suficiente con sudar primero sangre -mientras estudiábamos- y después tinta -ya trabajando- porque no teníamos a papá Méndez de Vigo (ayudante de un tal Francisco Franco) esperando después de la Complutense para dejarnos un oficio cómodo y el título de barón de Claret.

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