Gasolina y revoluciones


El pasado domingo se celebraron, con apenas unas horas de diferencia, las carreras de las dos competiciones más importantes del mundo del motor: Fórmula 1 y Moto GP. Visto por televisión, el resultado de una y otra no pudo ser más diferente y refleja muy bien en qué se han convertido estos dos deportes, aunque quizá cabría decir mejor espectáculos.

El Gran Circo transcurrió exactamente igual que desde hace una década o más: hay cuatro coches (dos escuderías) que arrasan y el resto son comparsas. La salida sigue siendo el momento culminante que puede dar alas o arruinar la carrera de los pilotos, que a partir de ese momento se dedican a «gestionar» la posición obtenida en la primera vuelta. La palabra gestionar, con toda su carga burocrática, le va que ni pintada, porque asistimos a una aburrida sucesión de giros en los que prácticamente no hay adelantamientos; el piloto que va detrás aprieta un botón para obtener una potencia extra que le permita acercarse al de delante, y este último hace lo propio para despegarse del primero. Lo más emocionante sucede en boxes, donde una tuerca atascada o un despiste de los mecánicos puede hacer perder unos segundos y propiciar un cambio de posiciones.

En la Fórmula 1, la estrategia lo es todo y la conducción ha pasado a un segundo plano. Todo lo contrario ocurre en el motociclismo, donde da igual que salgas el último porque en la primera curva ya puedes estar liderando la carrera. La loca remontada de Marc Márquez, su doble embestida a dos rivales, Espargaró y Rossi, y el rifirrafe con el italiano ocultaron un desenlace en el que cuatro pilotos no titulares (Crutchlow, Zarco, Miller y Rins) pelearon por la victoria casi hasta la bandera de cuadros.

Lo que ocurrió en Argentina con los dos supercampeones no es precisamente ejemplar, pero nos retrotrae a otras épocas en las que la Fórmula 1 vivió enfrentamientos parecidos, como los protagonizados por Alain Prost y Ayrton Senna, o Niki Lauda y James Hunt. Entonces no había tanta tecnología como ahora y también había menos ingenieros, pero las carreras eran infinitamente más entretenidas. Gasolina, revoluciones y el arrojo de un piloto eran los ingredientes de una forma de competir que, hoy por hoy, solo se mantiene sobre dos ruedas.

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