De Dörfli a los Andes


Cola y pincel para pegar postalillas en el álbum. Un sobre enviado por correo para pedir el último cromo de la colección. Heidi llegó a los televisores y a las vidas de millones de niños de los años setenta para enseñarles a digerir dramas intensos desde la más tierna infancia y a esperar con ansiedad el siguiente capítulo, sembrando la semilla de futuros seriéfilos dependientes de su ración semanal. La muerte de Isao Takahata, el director de animación japonés que nos transportó a las montañas suizas de Dörfli junto a Pedro, Niebla y Pichí, y que nos llevó de los Apeninos a los Andes de la mano de Marco, abrió estos días la caja de la nostalgia de los viejos dibujos animados. Con la excusa de la versión en 3D que exhiben canales temáticos y plataformas infantiles, padres y madres sucumben ante ellas a la tentación de revisar su memoria.

No suena Abuelito, dime tú en la sintonía de las nuevas entregas, pero hoy, como ayer, Heidi atrapa a los pequeños espectadores al tiempo que los mayores descubren aspectos que quedaron escondidos en la primera lectura. Que el padre de Heidi había muerto en un trágico accidente laboral al caer de un puente en construcción. Que la calamidad familiar explicaba el carácter taciturno e irascible del abuelo. Que la enigmática parálisis de Clara que se curaba con amistad y aire puro no era más que una profunda melancolía.

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De Dörfli a los Andes