Filmes y telefilmes


Sostenía Fellini allá por los ochenta que la televisión mutila y deforma las películas. Que no es más que un distribuidor de «voyeurismo barato». El genio italiano del cine entabló, y perdió, un pleito contra las cadenas por cercenar sus películas con anuncios publicitarios. «Un acto de violencia», protestaba. Imposible imaginar qué pensaría hoy el creador de Amarcord de estos tiempos del streaming, de los videoclubes en la Red que llegan directamente al televisor sin pasar por la liturgia del patio de butacas, de las obras maestras del celuloide consumidas en minúsculas pantallas de teléfono. Pero es probable que no se alejara demasiado del purismo que ha mostrado por Steven Spielberg al marcar una línea divisoria entre filmes y telefilmes para decretar que aún hay clases. Spielberg se reveló como maestro de la tensión dramática con la televisiva El diablo sobre ruedas. También dirigió un episodio de Colombo escrito por el fallecido Steven Bochco. Pero asegura que, una vez que un cineasta se compromete con un canal de televisión, su premio ha de ser un Emmy, no un Óscar, por muy redondo que sea el resultado. Y respalda al Festival de Cannes en su pulso contra Netflix al asegurar que las películas que quieran competir por la Palma de Oro deben proyectarse en pantalla grande y no a través de la señal wifi doméstica.

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