Cifuentes se ahoga en sus mentiras


Si Cristina Cifuentes se hubiera aplicado a sí misma la inflexible vara de medir con la que construyó su personaje de azote de corruptos y adalid de la transparencia, nos habría ahorrado el penoso espectáculo que ha ofrecido al tratar de defender su indefendible situación y habría dimitido sin esperar a que los hechos y la Justicia la pusieran contra las cuerdas. Más allá de que las diligencias abiertas por la Fiscalía por un presunto delito de falsedad en documento público acaben teniendo o no consecuencias penales para ella y para los docentes universitarios involucrados en este escándalo, sostener, como hizo la todavía presidenta madrileña, que su título era «perfectamente legal», y admitir al tiempo que ni asistió a las clases ni se examinó como el resto de estudiantes porque los profesores «se adaptaron» a sus circunstancias era ya un desprecio y un insulto no solo a sus supuestos compañeros de estudios, sino a toda la sociedad española, que hubiera bastado para su renuncia.

Pero si, como parece, Cifuentes ha participado en un montaje que incluye la falsificación de la firma de al menos una de las profesoras del máster, estaríamos ante unos hechos gravísimos que requerirían su dimisión fulminante y también que se depuren todas las responsabilidades en la Universidad Rey Juan Carlos, empezando por los tres profesores que salieron de inmediato a defender ante la opinión pública la ausencia de irregularidad alguna en la obtención del título de posgrado antes siquiera de que se abriera la investigación correspondiente.

La presidenta madrileña, que aún ayer insistía sin pudor en culpar exclusivamente a la universidad de la presunta adulteración de las actas, se ha ido enredando en una red de mentiras y tergiversaciones que culminaron con la irresponsabilidad de comparecer ante la Asamblea de Madrid defendiendo un relato y unos documentos que, una vez que la supuesta presidenta del tribunal que la evaluó haya declarado que su firma se ha falsificado, se demuestran falsos. Resulta inaudito que, sabiendo el gravísimo daño que iba a causar a la universidad y a su propio partido, se empeñara en sostener en sede parlamentaria una versión de su inocencia condenada de antemano al fracaso.

Cifuentes, que ha edificado su fulgurante carrera política erigiéndose en látigo de corrupción, elevando al máximo el listón de exigencia de honestidad política y desmarcándose de cualquier irregularidad pasada en su partido, ha terminado provocando un perjuicio inmenso al PP, que abría hoy su convención nacional en Sevilla con el deseo de ofrecer una imagen de regeneración. Por ello, y aunque ayer insistía en que se siente apoyada por su partido, la renuncia de Cifuentes, voluntaria o forzada por el propio Mariano Rajoy, debería estar hoy mismo encima de la mesa. Solo su sustitución como presidenta de la Comunidad de Madrid por otro dirigente de su partido podría evitar el bochorno de que se consumara la moción de censura contra ella anunciada por el PSOE y que, de no dimitir, Ciudadanos estaría obligado a apoyar.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
33 votos
Comentarios

Cifuentes se ahoga en sus mentiras