Dos carreteras


Les propongo una arriesgada aventura de tipo Planeta Calleja. Una especie de rali Dakar por dos carreteras lucenses que sufro a menudo. El primer tramo corresponde a la N-547, la vía nacional que une Lugo y Santiago, en el tramo que transcurre desde Palas de Rei a la frontera con la provincia coruñesa. El segundo, en la N-540, desde Taboada a Cambeo, ya en la provincia ourensana. No más de 48 kilómetros que les durarán una eternidad. Preparen e inspeccionen su automóvil, a ser posible un todoterreno, porque vamos a someter a dura prueba sus neumáticos, sus llantas, sus amortiguadores y, si me apuran, también la resistencia de las lunas a los impactos de repentinos y amenazantes proyectiles. Atravesaremos socavones, fochancas de aristas cortantes y un interminable rosario de cráteres lunares. Y con el alma en vilo, que tampoco viene mal una descarga de adrenalina de vez en cuando.

El riesgo para la seguridad, que lo hay, tiene dos ventajas. Por un lado, proporciona esa ráfaga de energía adicional que aportan los momentos de taquicardia e intensa excitación. Por otra parte, permite comprobar en carne propia que el derrumbamiento de la inversión pública no se refleja en meros guarismos que el señor Montoro borra en sus cuentas anuales: tiene efectos reales, alguno positivo, como queda dicho, y otros nocivos, para qué nos vamos a engañar.

Mi propuesta de excursión me la inspiró Julián Núñez, presidente de Seoapan, la patronal de la construcción, que ayer presentó las cifras de licitación de obra pública. El ejemplo de las dos carreteras -uno entre mil- me pareció oportuno para ilustrar sus palabras. Porque no se refiere a los grandes proyectos de infraestructuras congelados o ralentizados por la crisis, sino al prosaico día a día, lo que se llama técnicamente inversión de mantenimiento o reposición.

Las primeras palabras de Núñez suministran foguetes al Gobierno para alardear de recuperación. La licitación pública creció el año pasado un 38 %, hasta situarse en 12.895 millones de euros. Pero después arrojó el jarro de agua fría: pese al notable incremento, esa cifra no alcanza un tercio de la licitación registrada en el 2007, que rebasó con creces los 40.000 millones de euros. Es decir, la inversión en infraestructuras se desplomó un 68 % en diez años. La del Estado, aún más: un 76 %. Así se explica el estado calamitoso de mis dos carreteras. Algo que no sucedía desde mi más tierna infancia, cuando, si no había pesetas para mejorar las vías de comunicación, al menos había peones camineros para parchearlas.

Acudo a otras fuentes con idéntico resultado. España era, en el 2007, el país de la eurozona con mayor inversión pública en relación con el PIB. Ahora acompaña en el furgón de cola a Portugal. La economía recuperó el nivel del 2007, pero el empleo o los ingresos familiares siguen rezagados. Y la inversión -y mis carreteras-, ni te cuento. Así que invitaré a mi rali a los dos senadores de la zona que, además de amigos míos, forman parte de la mayoría absoluta en la Cámara Alta. No veo más remedio que el tráfico de influencias.

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