Presupuestos inertes


Si tomamos las acepciones que recoge la RAE -«inactivo, ineficaz, incapaz de reacción,… desidioso»- el calificativo de inertes le cae como anillo al dedo a los Presupuestos que intenta aprobar -de momento parece que con escaso éxito- el Gobierno de Mariano Rajoy. Las acusaciones de electoralismo, incluso de puro populismo, se han repetido mucho estos días, y no sin razón. También de su falta de un sentido y una intención general: pareciera que están hechos de retales, medidas dispersas que se han ido añadiendo para contentar a diversos colectivos que en estos días muestran su enfado (aunque, para ser justos, entre ellas también hay algunas partidas que se justifican más allá del intento de ganar votos, como la subida de las pensiones mínimas).

Pero el principal problema de estos presupuestos es que no afrontan para nada los dilemas de fondo de nuestra política fiscal. El principal es conseguir que la acción del Estado contribuya a hacer más sólida y consistente la reactivación económica, cuando al mismo tiempo las cuentas públicas intentan retornar a un horizonte de equilibrio. Porque recordemos que la deuda se encuentra muy próxima al 100 % del PIB -cuando los tipos de interés bajos que ahora se registran debieran favorecer su reducción-, y el déficit, a pesar de su mejoría reciente, sigue encontrándose muy por encima de la media de la UE.

En esas condiciones, insistir en la reducción de impuestos, como se hace en estos Presupuestos -y aquí de nuevo asoma un descarnado electoralismo- es un error de primer orden, que nos aleja todavía un poco más de los promedios de la Unión Europea, donde los ingresos fiscales están casi diez puntos por encima del dato español. Todo parece fiarse a que se cumpla la famosa curva de Laffer, según la cual la recaudación tiende a subir cuando los impuestos bajan. El problema está en que ese argumento pocas veces se cumple en la práctica, o al menos eso es lo que nos dice la experiencia española de los últimos años.

Así las cosas, lo que queda es insistir en la congelación o inanidad de algunas grandes partidas de gasto. La subida de la inversión pública va en la buena dirección, pero recuérdese que en el 2016 ha alcanzado niveles mínimos en la serie histórica (de 1,9%). Algunos programas de gasto social -como el asignado a servicios sociales- también aumentan, pero solo para quedarse en los niveles de hace siete años. Todo ello está muy lejos de representar la palanca que se necesita a favor de un crecimiento de la economía sostenido en el tiempo. Parece, por tanto, que la definición de una política fiscal activa y ambiciosa, está ahora mismo fuera de foco. Más bien se trata únicamente de maniobrar con el fin de llegar como se pueda al final de la legislatura.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
11 votos
Comentarios

Presupuestos inertes