¿Quedarse en casa con las persianas bajadas?


Director del Centro de Estudios de Seguridad de la Universidade de Santiago

Vivimos tiempos convulsos. El tsunami de la tecnología digital es capaz de arrasar las bases de sustentación de nuestra privacidad. ¡Cómo se sorprendería hoy en día el abogado norteamericano Samuel D. Warren! A este jurista, a finales del siglo XIX, le preocupaban los cotilleos de la prensa rosa del Boston de la época, pues se referían a la vida social de su mujer, hija de un senador. Por ello, junto a su colega Louis D. Brandeis, publicó en 1890 un famosísimo artículo donde construye el derecho a la privacidad, entendido como el «derecho a ser dejado a solas». La evolución de la realidad social exigió que los sistemas jurídicos se actualizasen para responder a los nuevos desafíos, así apareció el derecho a la inviolabilidad del domicilio y el secreto de las comunicaciones. En los últimos treinta años se asienta el derecho a la protección de datos, con múltiples ramificaciones que persiguen que el ciudadano tenga una verdadera potestad de control sobre el uso de sus datos personales.

Pero todo este esfuerzo jurídico no es suficiente para garantizar unos rígidos niveles de protección. El escándalo que salpica a Facebook estos días ejemplifica de manera paradigmática este desafío del siglo XXI. Las redes sociales no son diligentes en la protección de los datos de sus usuarios. Y no lo son porque los poderosos intereses económicos juegan en contra (los datos tienen un fastuoso valor, en dólares, euros, yuanes, libras o rublos). Y no lo son también porque los intereses políticos partidistas desean recabar y emplear datos de votantes, a veces de manera descontrolada, para articular las nuevas estrategias de márketing, microsegmentadas, al albur de la gestión de los Big Data y de algoritmos específicos de tratamiento.

El Derecho intentó reaccionar de nuevo, y la Unión Europea aprobó un exigente Reglamento de Protección de Datos (que se aplicará a partir del 25 de mayo). En él se refuerza sobremanera el tema del consentimiento de los usuarios para el tratamiento de sus datos. Ahora ya no será posible entender el silencio como consentimiento o admitir consentimientos implícitos. Será necesario, en cambio, un acto afirmativo claro, libre, específico e inequívoco de la persona.

No podemos, pues, admitir el fin de la privacidad al que nos llevaría un mundo digital sin control ¿Qué hacer?

Primero, adaptarse psicológicamente al nuevo entorno. Si alguien se expone en la Red debe asumir el riesgo. Lo que se sube no desaparece nunca, salvo los casos en los que pueda ser eficaz el derecho al olvido (que no serán todos).

Segundo, conseguir una formación jurídica y tecnológica mínima que permita entender los riesgos y sus consecuencias (imprescindible para padres).

Tercero, usar instrumentos de prevención y reaccionar ante las vulneraciones de datos (denunciándolas, por ejemplo).

Y cuarto, ¿quedarse en casa con las persianas bajadas? Es la opinión irónica de otro norteamericano, Rodney Smolla, a lo que habría que añadir, quedarse en casa y evitar navegar. Pero ello solo es útil si no tenemos web cam, porque los hackers la pueden activar a distancia.

Por José Julio Fernández Rodríguez Director del Centro de Estudios de Seguridad de la Universidade de Santiago

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