Moscas atrapadas en la red


Mi amiga Victoria Otero Espinar, brillante matemática, lo anunció hace poco en el Ateneo de Santiago: nuestro voto lo decidirá un algoritmo. Lo consideré una profecía creíble, pero me equivoqué: el monstruo ya está aquí. Ahora sabemos que, muy probablemente, Trump ha sido elegido presidente de los Estados Unidos gracias a una matriz alimentada con datos robados de Facebook. El algoritmo lo construyó la consultora Cambridge Analytica, a partir de los perfiles de 270.000 usuarios de la red -cedidos para supuesto uso académico- que le permitieron acceder a la vida y milagros de 50 millones de estadounidenses.

Todo en este asunto sobrecoge. Y más todavía a los que venimos de la agonizante era Gutenberg. Nuestras vidas se han convertido en datos y los datos en la más valiosa mercancía del capitalismo global. Cada vez que buscamos la lista de reyes godos en Google, o que activamos el «me gusta» de Facebook, o felicitamos al amigo por WhatsApp, o pedimos un libro en Amazon, no solo pagamos en dinero, sino en jirones de nuestra intimidad. Depositamos nuestras vidas en sus manos y son ellos, el oligopolio del Big Data, quienes saben lo que buscamos, lo que compramos, lo que amamos y lo que aborrecemos, y, sobre todo, con quién y para qué nos relacionamos. Si tienen una mina de oro en sus servidores, ¿cómo impedirles que la exploten, que trafiquen con ella o que la vendan al mejor postor, o a una consultora que promete darle un uso exclusivamente académico? ¿Cómo exigirle al zorro que proteja a las gallinas?

El peligro mayor no estriba en la cesión de nuestra intimidad, sino en la utilización de nuestras señas de identidad para negarnos la libertad. Días pasados, Facebook censuró el cuadro La Libertad guiando al pueblo, la obra maestra de Eugêne Delacroix. Tapó los pechos de la Libertad, pero ese arrebato de puritanismo no le impide dejar a millones de usuarios en pelotas. Desnudos y desprotegidos: carne de algoritmo. Moscas atrapadas en la red. Solo hacía falta que cualquier Cambridge Analytica segmentase los macrodatos en función de sus objetivos, apuntase el fusil en la dirección señalada por el algoritmo y disparase sin posibilidad de fallo. Adiós libertad. En vez de ensanchar nuestros horizontes de libertad hasta límites insospechados, como prometían las tecnologías de la era digital, acabaremos comprando lo que quieran, hablando como nos manden y votando a quien nos digan. No era una profecía: es una amenaza que está materializándose.

¿No tenemos remedio? Supongo que sí, pero tendrá que buscarlo el amigo lector en mentes más esclarecidas que la mía, que todavía usa taparrabos predigitales. Algún atisbo de esperanza podemos hallarlo en la historia. Si el Big Data puede tener un efecto devastador como la bomba atómica, también, como la energía nuclear, puede tener un uso virtuoso. Y si la voracidad de los monopolios fue frenada en el pasado con leyes en defensa de la competencia, tal vez aún es posible domesticar al monstruo que hemos creado.

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