La decencia, bajo mínimos


Definitivamente, sus señorías tienen bajo mínimos la dignidad, el decoro y hasta la vergüenza. Manteníamos serias sospechas de que así era y el debate sobre la prisión permanente revisable ha venido a confirmárnoslo. Sus señorías carecen de sensibilidad y sentimientos y lo único que les mueve es la calculadora electoral. Es duro, pero es así.

Vamos a dejar para mejor ocasión la conveniencia o no de derogar la prisión permanente o cadena perpetua, que hasta rechaza en un informe la Conferencia Episcopal, por razones vinculadas a la doctrina de la Iglesia católica y constitucionales; ya que el espectáculo de la trifulca parlamentaria de esta semana supera cualquier intención de análisis al situarse fuera de toda norma de educación y respeto.

Para empezar el debate resultó inoportuno, porque pese a que el asunto llevaba meses congelado, se celebró bajo una conmoción social por el asesinato del pequeño Gabriel y la presidenta, que para eso está, debió de proponer posponerlo. Y además fue hasta innecesario porque desde la entrada en vigor de la Ley solo se cuenta el caso del parricida de Moraña.

Pero con todos estos inconvenientes la falta de respeto de sus señorías hacia víctimas, familiares y peatones en general no tiene denominación posible, ni aun acudiendo al diccionario de los insultos. Enzarzarse en broncas, reproches y gritos de fuera, es lo de menos, lo de más es la forma en que unos y otros atizaron la tensión para obtener beneficios. Es incalificable el chantaje emocional de su señoría Bermúdez de Castro al recomendar que «cuando les toque, no respondan solo a este grupo, miren ahí arriba», en referencia obscena a que observasen a los padres de las víctimas que no se creían lo que veían.

No menos obscena resulta la postura de los jóvenes aprendices de Ciudadanos que anteayer por la mañana hablaban de cadena perpetua y tras una reconversión exprés defendieron con ardor y entusiasmo lo que entienden que puede darles mayor rendimiento electoral. Tampoco los socialistas estuvieron muy atinados porque el debate lo tienen que realizar antes en su propia casa. Y por no estar, tampoco lo estuvieron los familiares que desde la tribuna mostraron el pulgar hacia abajo censurando las posturas que no compartían.

Podríamos decir que fue un debate para olvidar. Que lo mismo es lo que desean sus señorías. Pero no. Es un debate para tener muy presente porque retrata perfectamente la moralidad y la conducta de sus señorías que no pueden ser más ínfimas. Vamos a tener que dar la razón a quienes decían aquello de que no nos representan porque es duro pensar que están ahí, e hicieron lo que hicieron, en nuestro nombre. Porque son nuestros representantes.

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