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No sé cuántas veces habré denunciado en esta columna las violencias de toda especie que ejercemos contra los niños. Esta semana resultaría fácil insistir, tanto por el tremendo desenlace del caso de Gabriel como por el asustador informe que difundió ayer la Fundación ANAR y que corrobora datos y tendencias en torno al maltrato de niños que nos temíamos, porque ya se habían percibido en otros países. A la violencia creciente contra los niños no se le ha querido dar tanta importancia como a otras violencias, pese a que, por razones obvias, no se me ocurren crímenes más odiosos que los que se perpetran contra ellos y contra los ancianos. El caso es que crecen de un año para el siguiente en proporciones horripilantes, y eso que la violencia contra los niños más pequeños, que no pueden quejarse, que no saben defenderse, probablemente resulte más abultada de lo que cuentan las estadísticas.

¿Por qué no hablamos de esta y sí de otras violencias? El cuidado con el que atiende a sus niños y a sus ancianos es el indicador que expresa con más precisión el nivel de progreso y la calidad humana de una sociedad: su capacidad de actuar desinteresadamente. Quizá por eso no queremos hablar sobre lo que estamos haciendo con tantos de nuestros niños, hasta el punto de que miles de ellos -en Galicia, más de tres mil- terminan tutelados por las autoridades. En esa foto no salimos guapos. Ni en esa otra en la que se percibe que, pese al discurso que han soportado desde siempre, nuestros chavales más jóvenes son mucho más machistas que sus padres y abuelos.

Tampoco nos gusta esa foto, precisamente, porque demuestra las contradicciones o las contraindicaciones del discurso dominante.

@pacosanchez

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