Un Gobierno sin pulso político


El Gobierno de Mariano Rajoy llevaba meses emitiendo preocupantes señales de parálisis, pero en los últimos días esos inquietantes indicios de falta de iniciativa política se han transformado ya en alarmantes signos de decadencia, por no decir de agotamiento. Un Ejecutivo puede cometer errores sin que eso lo incapacite de forma permanente, porque casi siempre existe la oportunidad de corregir el rumbo y enderezar la situación. Pero para un Gobierno no hay nada más letal que la irrelevancia o el dar la impresión de que su único objetivo es su propia subsistencia. Esa idea, la de un Ejecutivo y un presidente paralizados y sin más ambición que la de esperar a que los buenos datos económicos le permitan renovar el contrato durante otros cuatro años, es la que empieza a cundir entre una mayoría de la sociedad. Y, lo que es más preocupante para Rajoy, también en los votantes del PP, que asisten atónitos a su inacción ante las justificadas demandas de una ciudadanía a la que lleva siete años exigiendo sacrificios y que cree llegado el momento de recibir a cambio algo más que una expectativa de futuro.

Esa ausencia total de iniciativa resulta más incomprensible cuando todos los sondeos indican que el PP se está desplomando y que sus votantes, desencantados, emigran en masa hacia Ciudadanos. Solo el conformismo del Consejo de Ministros, la mediocridad de la mayoría de sus miembros y su desconexión con la sociedad explican que lleguen tarde a todos los debates y únicamente reaccionen ante la presión de la oposición o de la calle. Es lo que ha sucedido, por ejemplo, con el hartazgo de los pensionistas, el gran bastión electoral del PP, y las movilizaciones feministas. El Gobierno se ha desgastado torpemente en ambos casos porque su rectificación, inevitable, solo agravará la imagen de improvisación.

Pero la mayor constatación de la falta de respuestas la marca quizá la decepcionante decisión de Rajoy de desoír el clamor, incluso en su propio partido, para que hiciera cambios en el Gobierno introduciendo figuras de peso político que están demostrando tener mayor sensibilidad y conexión con la calle. Al contrario, se limitó a sustituir al ministro de Economía por un tecnócrata cuya mayor virtud, según el propio presidente, es la de que «se conoce bien los temas». Rajoy parece dispuesto a seguir hasta el final el consejo de su gurú, Pedro Arriola, de no hacer nada bajo presión y esperar a que escampe. Está seguro de agotar la legislatura. Confía en que la buena evolución de la economía le salvará y en que nadie se atreverá a dejarle caer en medio del caos en Cataluña. Pero ni una cosa ni otra están garantizadas. El tiempo de reaccionar se agota para un Gobierno que parece encallado y sin pulso. Y si al final Rajoy tuviera que rectificar una vez más para convocar elecciones, el PP habrá perdido la oportunidad de preparar un cambio de liderazgo que, a estas alturas, sería lo único que garantizaría su recuperación en las urnas. O, al menos, que el próximo Gobierno sea una coalición de Ciudadanos con el PP y no con el PSOE.

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