La huelga y el reguetón


La necesidad de la huelga del pasado jueves quedó contundentemente demostrada cuando seis millones de mujeres se echaron a la calle. Sin palabras. En mi ciudad hubo sin embargo dos manifestaciones, y en estas se veían pancartas y banderas de grupos políticos o sindicatos que desvirtuaban la causa de la huelga, porque la lucha no es contra el machismo del Gobierno. Es contra el machismo a secas. El de los sindicatos, también. Lo que está claro es que esto solo va a cambiar si las mujeres siguen empujando.

Pero hay un asunto para mí gravísimo que no está siendo abordado. Las niñas de trece, de catorce, de quince años, que no tienen problemas de brechas salariales ni de conciliación familiar, y que, con sus melenas por la cintura y sus blusas desabrochadas, andan debajo de mi casa merodeando a los machitos de reguetón, que las cortejan y las desprecian, -ven aquí mamasita- y las toman y las dejan, y les explican que te voy a haser gosar. Las hijas -o algunas ya nietas- de las que lucharon por el divorcio no hace tanto, de las que pelearon por su derecho a decidir sobre su propio cuerpo, de las que se hicieron médicas y abogadas y arquitectas y toman ahora las calles, se suben la falda del uniforme al salir del colegio y se mueven remolonas en torno a chavales a los que se van acercando despasito.

España, no nos olvidemos, ha sido y sigue siendo ejemplo de libertad y democracia, y si tenemos aún muchas carencias, tenemos ya muchas virtudes. La manifestación del 8M fue una de ellas. Pero el reguetón, no.

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