Me he levantado esta mañana con la cabeza dándome vueltas. Echándole la culpa de tan inusual fenómeno a la frugalidad de la cena y las pocas horas de sueño. Era ya media mañana cuando he caído en la cuenta de que no era por eso mi descoyunte. Me lo ha venido a aclarar el obispo de San Sebastián. Mira tú por dónde. Y lo que me pasa, me explica monseñor Munilla -que de esto sabe mucho-, es que estoy endemoniá. Como lo oyen (bueno, en este caso, lo leen). Porque solo Belcebú es capaz de idear una huelga para reivindicar que dos personas que realizan la misma labor han de cobrar igual. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Este Satanás que siempre anda enredándolo todo. Con lo bien que están las cosas como están. Si ya lo decía mi abuela -la misma que se dejaba las manos en el campo mientras sacaba adelante a sus siete hijos-, que «cuando el diablo no tiene ná que hacer, mata moscas con el rabo». Me queda el consuelo, eso sí, de que no soy la única. Hay millones como yo. Aquejadas del mismo mal. Están por todas partes. Son una plaga. Ríete tú de las diez de Egipto. Y va a ser que lleva razón monseñor, porque es escuchar algunas cosas o posar los ojos sobre ciertos números y, tengo que admitirlo, me llevan los demonios. Lo que Hollywood se ha perdido.