El populismo ha ganado, pero ¿cuál?


Era imposible que no ganase el populismo en Italia, porque, prácticamente, solo se presentaban partidos con esa tendencia. Y así ha sido. El problema ahora es que no está claro cuál de los varios populismos en liza ha ganado realmente: si el del Movimiento 5 Estrellas (M5S), que se ha colocado como primera fuerza, o si el de la Liga Norte, que se ha adueñado de la coalición de centroderecha, que tienen más escaños.

Empezaremos a saberlo el día 23, cuando se reúnan por primera vez las cámaras. La elección de los presidentes del Congreso y el Senado nos dará pistas de por dónde se encaminan las negociaciones. Una posibilidad, quizás la más natural, sería un gobierno M5S-PD, más otras fuerzas progresistas. Aunque son dos partidos que compiten por el mismo electorado, precisamente por eso mismo sus programas se parecen algo y podrían llegar a un acuerdo de mínimos. Pero es más difícil de lo que parece. El PD entiende que entrar en una coalición como socio menor podría ser un suicidio político. Al fin y al cabo, su única esperanza de volver a crecer es a costa del electorado del M5S. Por su parte, Di Maio ha movido hacia el centro al partido, pero no necesariamente al electorado, que puede castigarle si gobierna con un «partido del sistema» como el PD. Otra posibilidad, más realista, sería un gobierno en minoría del M5S con apoyos puntuales del resto de fuerzas progresistas. Más realista, pero no muy tranquilizadora. La falta de experiencia del M5S se ha evidenciado ya abundantemente en la gestión errática de las ciudades que gobierna, y su gobierno en minoría podría ser un desastre.

¿Y si, ya puestos, se uniesen los populistas? Ayer algunos dejaban caer la hipótesis de una coalición contra-natura entre la Liga y el M5S. Ciencia ficción, o género de terror, según se quiera. El populismo no es una ideología sino una retórica. Lo único que tienen en común esos dos partidos es un euroescepticismo de campaña, inconcreto y no muy serio, sobre cuya base difícilmente se puede levantar un gobierno. Los mercados, desde luego, harían pedazos a Italia. Además, y aunque en ese país se ha visto de todo, es muy improbable que la Liga traicione tan pronto a Berlusconi, con quien gobiernan en regiones como Liguria, Lombardía y Véneto, además de numerosas ciudades.

También cabe la posibilidad de un gobierno de la derecha. Pero esto requeriría la tolerancia, incluso el apoyo tácito, del PD o el M5S. De nuevo, un no de partida, salvo, quizá, que esto se diese en el marco de un entendimiento para la enésima reforma la ley electoral, que es lo que se les ocurre a los políticos italianos cuando los electores, tozudamente, vuelven a elegir parlamentos ingobernables. Hasta ahora, todas esas reformas o no han llegado a buen puerto o, si han llegado, no han resuelto un problema que parece consustancial al electorado italiano: la pasión por la división. Así que si una vez más no fuese posible formar gobierno, no habría más remedio que volver a votar, en la esperanza, no demasiado lógica, de que las urnas resuelvan lo que las urnas han hecho irresoluble.

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