Libertad de expresión y ley del embudo


Acababa el año 1896. La noche del 10 de diciembre, en el parisino Théâtre Nouveau, el actor Fermin Gémier salió a escena representando el papel del Ubu rey nacido de la pluma de Alfred Jarry y pronunció, en medio de un silencio sepulcral, una palabra: «Merdre» («Mierdra»). Su provocación, hoy casi infantil pero terrible en su momento, marcó el inicio del teatro de vanguardia. Poco después, en 1917, Marcel Duchamp hizo lo propio con las artes plásticas al presentar a la muestra que la Sociedad de Artistas Independientes organizaba Nueva York su obra La Fuente, desde entonces celebrada y celebérrima, que era en realidad un urinario. Las provocaciones de Jarry y de Duchamp, como las de tantos otros creadores que tras ellos revolucionaron no solo el arte sino también el mundo, tenían algo en común que merece la pena destacarse para entender mejor la polémica que sobre la libertad de expresión artística vivimos en España: que no se dirigían contra una persona o un grupo concreto de personas y, por tanto, solo podían ofender a quienes sentían vulnerado el sentido del orden y la estética entonces dominante. Nada que ver desde luego con un montaje en el que se considera presos políticos a quienes están siendo investigados por presunta rebelión o fueron procesados por agredir a unos guardias civiles por el mero hecho de serlo.

Y ello en un país democrático donde existen todas las garantías jurídicas propias de un Estado de derecho. Estoy convencido de que la retirada de Arco de la obra de Santiago Serra, políticamente tan provocadora como artísticamente irrelevante, ha sido un grave error. Pero tengo pocas dudas de que muchos de quienes han elevado su airada voz como protesta exigirían sin dudarlo que fuese censurada una obra similar en la que se homenajeara a Tejero y compañía. Por algo incomparable -la foto de un torero- impidió colocar una lona publicitaria, siendo ya alcaldesa, la inefable Ada Colau. Por lo demás, si un rapero es condenado por cantar canciones haciendo escarnio de las víctimas de ETA es que en España está en peligro la libertad de expresión, aunque a nadie en su sano juicio se le ocurriría sostener tal disparate si las víctimas objeto de escarnio lo fueran las de la repugnante violencia machista por ejemplo. ¿Es que unas merecen menos respeto o menos protección frente al delito de odio que las otras? Al parecer sí.

Al parecer hay mucha gente en España que entiende la libertad de expresión -artística o no- como la de aquellos que piensan como uno, de modo que la censura solo existe cuando se dirige contra ellos. Algunos -me temo que menos cada vez- partimos de un principio opuesto totalmente: que solo defendiendo el derecho a expresarse de aquellos de quienes discrepamos es posible defender la verdadera libertad. Es decir, la de todos los que, en democracia, ejercen su derecho a expresarse sin más límites que el imperio de la ley.

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