La secesión busca otro «souffleur»


Desde hace tres años no era tan amplia la ventaja de los catalanes contrarios a la independencia sobre los que dicen apoyarla. De no llegar a un punto en diciembre de 2014 (45,3 % frente a 44,5) acaba de situarse en más de trece (53,9 frente a 40,8), lo que pone de relieve un hecho conocido por quien sabe algo de cocina o de política: que ni es posible conservar un suflé inflado mucho tiempo, ni mantener indefinidamente engañado a un grupo social sin que acabe descubriendo que se le está contando una milonga. Frente a ambas evidencias, el secesionismo ha olvidado lo que ya Abraham Lincoln advirtiera: que no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Por eso, el impresionante aumento en pocos meses de los catalanes que rechazan el disparate histórico, político, cultural, económico y social que sería la secesión de Cataluña en una Europa cada vez más integrada y un mundo más y más globalizado no es sino la inevitable consecuencia de una delirante pretensión: evitar que sucumba una reivindicación que choca con el sentido común más elemental. El que la hayan compartido cientos de miles de personas, una parte de las cuales siguen en sus trece ¡todavía!, pone de relieve la potencia del veneno nacionalista para narcotizar las sociedades a las que se les administra, como a la catalana, en dosis de caballo.

Lo extraño no es, de hecho, que el suflé secesionista haya bajado finalmente sino el tiempo que ha tardado en hacerlo, un fenómeno que solo tienen una explicación: el tipo de activismo sectario y agresivo de los souffleurs (sopladores) nacionalistas, que han conseguido mantener bajo una inadmisible presión a la sociedad catalana con una desvergonzada combinación de palo y caramelo: caramelo en forma de subvenciones y apoyos sociales de todo tipo para los militantes de la causa separatista; y palo, que convertía a los contrarios a la independencia en traidores al país, malos catalanes o simples extranjeros. Es el intento desesperado del secesionismo de avivar la batalla que el Estado democrático les ha ganado por goleada la que explica, a fin de cuentas, su delirante incapacidad para elegir un presidente. Pues la cuestión es cómo convertir esa elección en un nuevo golpe de bombín que insufle aire a un alicaído movimiento del que incluso sus partidarios comienzan a estar hartos: no hay más que ver la menguante capacidad de movilización del separatismo, que, en su deriva enloquecida, va achicharrando incluso a algunos de sus mas fieles partidarios.

La posible propuesta de investir presidente a Jordi Sánchez, que está en prisión preventiva y será suspendido de su cargo de diputado en el momento en que se produzca su casi seguro procesamiento, se sitúa en esa línea de no dar la rebelión por derrotada. Porque todos los secesionistas saben que su mayor enemigo es la normalidad constitucional y democrática, cuando haya que empezar a hablar de las cosas de comer y no solo de las de pelear.

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