Iglesias, Torrent, Colau, Noriega...


Pablo Iglesias se presenta descamisado a entrevistarse con el rey, lo que resulta un acto discutible, aunque nada habría que objetar a su peculiar indumentaria si no fuera porque se enfunda el esmoquin sin reparos para asistir a la gala de los Goya. Tan llamativo contraste plantea una cuestión nada irrelevante: por qué el líder de Podemos cree necesario respetar los hábitos sociales cuando asiste como particular a una fiesta cultural y no cuando visita oficialmente al jefe del Estado, que lo es porque así lo decidió la mayoría del pueblo español que votó la Constitución.

Roger Torrent, presidente del Parlamento catalán, muy cauteloso para evitar responsabilidad penal alguna (¡no vaya a ser!), se convierte en agente de agitación y propaganda secesionista en un acto del Colegio de Abogados barcelonés que homenajea a letrados que llevan ejerciendo medio siglo. Y así, cuando lo que toca es representar a todos los catalanes, habla solo en nombre de los suyos para sostener falsedades como puños (que en España se violan gravemente los derechos) y defender esa majadería formidable de que hay aquí presos políticos. El inmediato abandono del acto, sin precedentes, por importantes cargos judiciales pone de relieve la gravedad del increíble comportamiento de Torrent.

Ada Colau, que llegó a la alcaldía a lomos de su activismo antidesahucios, manda ahora sin ponerse colorada a la policía local a desahuciar casas de propiedad municipal. Eso sí, demostrando lo que es -la encarnación misma del oportunismo- anuncia que no recibirá al Jefe del Estado en la recepción oficial del Mobile World Congress, ¡lo que sí hizo el año pasado!, porque ahora toca un poco de izquierdismo de salón para tratar de compensar la gestión desastrosa de la ciudad que desgobierna.

Martiño Noriega encarga el pregón del Carnaval compostelano a un escritor que, confundiendo las «churras con las Meninas (sic)», cree que su cometido no consiste en que los asistentes se diviertan sino en aprovechar la ocasión para mostrar su zafio desprecio a símbolos religiosos en los que creen muchos santiagueses. Y al alcalde no se le ocurre mejor cosa en la ocasión que mirar al dedo y no a la luna (el sermón del pregonero, sostiene, está amparado por la libertad de expresión), en lugar de aclararnos si le parece bien o mal que quien ha recibido un encargo del Ayuntamiento lo aproveche para ofender a gran parte de sus vecinos. Esos que abonan a Noriega su salario para que los represente a todos.

¿Qué está sucediendo? Pues que se extiende por el país, de norte a sur y de este a oeste, un populismo oportunista, sectario, maleducado e incoherente, cuyos protagonistas son incapaces de distinguir entre sus personas y sus cargos y de actuar, por tanto, con el respeto institucional que cabría esperar en quienes, muy por el contrario, se sirven del sistema que les paga para hacer creer que, siguiendo en sus poltronas, aspiran en realidad a destruirlas.

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