Puchi y los mundos paralelos


Aunque el título pueda evocar aromas televisivos de series juveniles, en realidad nos habla de sedición. Lo que pasa es que el universo consta de múltiples realidades conectadas entre sí de forma misteriosa y es posible que existan vidas paralelas. Y esto es lo que parece ocurrir con el inefable expresidente Puigdemont, pero de una forma más prosaica y menos cuántica: los calzoncillos en Gerona y la verborrea desatada en Bruselas. Es decir, el universo real de contribuyente y el mesianismo idealista del republicano iluminado. Para viajes de este calibre no hace falta un acelerador de protones, agujeros de gusano o el consejo del señor Spock, solamente un cerebro algo desintonizado.

En condiciones normales, el mundo de la realidad y el de las ideas, de las fantasías, si se quiere, coexisten en pacífica armonía y las redes neuronales trabajan en un equilibrio bien engrasado. En otras circunstancias, y por motivos variados, los límites se difuminan, y uno se transforma en encendido predicador de lustrosa melena haciendo discursos disparatados sobre no se qué gigantes, no sé qué historia y no sé que país. Con gran convicción, autoridad personal y desprecio a lo demás, incluyendo la legalidad institucional, que se considera impuesta, falaz y torticera, recuerda a los pacientes aquejados del raro y pintoresco síndrome de Capgras, quienes con mente aparentemente lúcida están convencidos de que sus allegados no son reales, sino impostores. Una y otra vez repiten: «Ese hombre es idéntico a mi padre, pero en realidad no es mi padre». Existen casos mucho más estrafalarios, en donde el delirio se extiende más allá de la familia y alcanza al perro. Uno se pregunta por qué el delirio no podría llegar más lejos, hasta el presidente del Gobierno o al del Constitucional, y, por extensión, a los convecinos: «Esa ciudadana parece catalana, pero en realidad no lo es». Algunos de estos pacientes, como Arthur, brillantemente descrito por el doctor Ramachandran, tienen un claro problema para clasificar lo que ven: un ratón es un ratón y no es Montoro. Arthur categorizaba mal y tenía una gran preocupación por los judíos y los católicos, tendiendo a etiquetar como judíos a muchas personas que acababa de conocer. Eso recuerda un poco a otro curioso síndrome, el de Fregoli, en el que el paciente ve siempre la misma persona en todas partes. En nuestra analogía, Puigdemont el paralelo, probablemente afectado en demasía por los aires de Montserrat, transita entre síndromes y categoriza de forma errónea a sus vecinos, y como Don Quijote comenzó a ver independentistas declarados por doquier, ignorando que en el mundo real de los que cotizan a Hacienda, se reparten por igual galgos y podencos.

En otro universo, en el que ya vive aprovechando un pliegue espacio-tiempo que cae en el centro de Bruselas, Puchi el cuántico reina por email en las tierras de alta Tabarnia, vive de los súbditos y come mejillones fritos. ¡Vive l’indépendance!

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