La revolucionaria de la señorita Pepis


Presumían de valientes, de poseer unos principios a los que no podían renunciar, de haber asumido con todas sus consecuencias la defensa de un pueblo oprimido y vilipendiado por un Estado opresor que le negaba su derechos, de su firme disposición a no dar ni un paso atrás, de tener el coraje necesario para acabar con el Estado centralista y la monarquía proclamando la independencia de Cataluña y la república, de estar preparados para llegar hasta el final, hasta donde fuera necesario porque de ellos, de su cacareado coraje y autoproclamada coherencia, dependía, al parecer, la libertad de todo un pueblo.

Con ese convencimiento, que extendieron a lo largo y ancho de las cuatro provincias catalanas con la impagable ayuda de una escuela convertida en gran instrumento de propaganda, de una televisión y radio públicas manipuladas hasta extremos de delirio y de un periódico fundado por quien había sido ennoblecido por un rey, lograron los aguerridos patriotas encontrar apoyo popular para violar todas las leyes, ciscarse en todos los principios democráticos y romper todas las reglas básicas que en un país civilizado permiten vivir pacíficamente en sociedad. Los aguerridos patriotas lograron, dicho en dos palabras, poner su comunidad patas arriba, hundir su imagen en un ridículo espantoso y meter a Cataluña en el callejón sin salida en que hoy se encuentra.

Y es que los aguerridos patriotas eran en realidad unos aventureros, tan cobardes como completamente irresponsables. Jugaron de farol al montar una rebelión desde el poder y, cuando se encontraron con la reacción constitucional y proporcional del Estado democrático de derecho, su supuesto valor desapareció como lo hace el agua de un cedazo. Unos huyeron, como conejos, para no tener que responder ante la ley de sus acciones y otros se desdijeron, con igual finalidad, de la forma más vergonzosa que cabe imaginar.

Ese espectáculo bochornoso, que ha acabado convirtiendo la rebelión secesionista en una verdadera bufonada, lo ha culminado, ¡a lo grande!, quien parecía la más radical y revolucionaria de toda la pandilla -Anna Gabriel- que está en contra de lo que se le ponga por delante: del Estado, el capital y la familia, trío en el que, según la supuestamente insobornable agitadora, se concentran los males de este mundo.

Ha bastado, sin embargo, con que el juez Llarena, que instruye el sumario por el intento de secesión de Cataluña, haya llamado a declarar a Anna Gabriel como investigada para que la exdiputada de la CUP haya decidido darse a la fuga para no tener que enfrentarse a la justicia. No a la de una terrible dictadura, sino a la de un país que reconoce y respeta todas la garantías constitucionales de un Estado democrático.

Y es que el miedo hace milagros. Es capaz incluso de que una agitadora con look de comecapitalistas se parezca de la noche a la mañana a una revolucionaria de la señorita Pepis. ¡Para que la payasada no decaiga!

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
72 votos
Comentarios

La revolucionaria de la señorita Pepis