El gran decreto de Feijoo


Cuando el PP regresó a San Caetano en 2009, Galicia había caído en una profunda depresión de expectativas. Los que llegaron en 2005 con el ánimo de cambiarlo todo, porque según ellos todo había que cambiarlo, defraudaron colectivamente. Era difícil perder aquellas elecciones teniendo en cuenta que el PP estaba más solo que nunca, con un candidato novel y con aristas de confrontación en sus filas. El bipartito tenía también en su mano los medios de comunicación públicos y durante sus cuatro años se encargaron, como nunca nadie antes lo había hecho, de ejecutar una purga de todos aquellos culpables de no simpatizar con sus ideas de «progreso». Profesionales magníficos fueron relevados de sus puestos y sustituidos por gentes «no sospechosas». La radio fue para el BNG y la TVG para los socialistas. O algo así. Se repartieron el poder como quien reparte una tarta. Y hasta se permitieron el lujo de tener un secretario de Relacións Institucionais que salía un día sí y otro también en la prensa por su altanería hueca. En corrillos privados presumían de haber limpiado la Xunta y los medios de comunicación públicos. Es su primer cometido: cuando llegan no tienen reparos en limpiar a todos aquellos que no casen con sus credos decimonónicos (el nacionalismo y el socialismo nacen de verdad en el siglo XIX). Los gallegos, contra pronóstico, votaron por Feijoo y el PP. Los bipartitos no se lo creían. Y tenían que atarse a cualquier cabo para no ahogar. Primero hablaron de conspiración entre el PP y un periódico. Después, cuando fue el decreto del bilingüismo, vieron ocasión propicia para desatar rayos sobre Feijoo y desde los medios e instituciones afines dispararon sin piedad. Incluso insultaron a aquellos que, siendo escritores gallegos, defendimos aquel decreto. Lo sigo defendiendo. Las dos lenguas conviven sin tensión. El gallego gana hablantes y prestigio. Y Galicia ha dado lecciones a Cataluña, donde estos días el idioma vuelve a estar de moda. Tanto que hasta los marginados se atreven a pedir derechos para el español. Qué bien lo hizo Feijoo con su gran decreto. Por eso Mariano Rajoy quiere imitarlo apoyándose en el 155. Por desgracia, ha llegado con muchos años de retraso. 

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