Noriega y la onda represiva


Lo mejor del nacionalismo se quedó en el BNG. El resto se desperdigó cual bandada de estorninos por un cielo atlántico y cetrino. O sea, que uno no sabe dónde pueden acabar. Tan pronto ríen las gracias a Pablo Iglesias, como se acunan en los brazos de los independentistas o bajo los pies del imperialismo capitalista (aunque en realidad los nuevos «parias de la tierra» no han renunciado nunca a sus privilegios). A todo ello lo definió nuestro compañero Luis Pousa con una sintagma que ha quedado para los anales del periodismo: «Marxismo de pazo y piano». Ahora Noriega se ha puesto de moda por ser alcalde de la ciudad más hermosa de Galicia. No dudo en calificar así a Compostela. Todo en ella, en su corazón digo, es belleza. Por allí han pasado alcaldes notables, de exquisita sensibilidad, y también algún crápula que recordar no quiero. Allí manda y ordena Martiño Noriega, que fue un adalid del nacionalismo hasta que empezó a gobernar Santiago. La gobierna con escaso fuste gestor, con sectarismo extremo y con nimia altura intelectual. Ahora habla de una «onda represiva» por decir algunos que lo del pregón del entroido de Santiago fue zafio, vulgar, ordinario y vejatorio. Nadie de los que lo criticamos lo ha visto, dice. Para qué, digo. Basta con conocer las informaciones al respecto (¿Son todos los periodistas malos periodistas y no cuentan la verdad?) para saber que Santiago de Compostela ha rayado más que nunca la bajeza.

Yo esperaba que pidiese disculpas. No lo hizo. Por el contrario se refirió a la libertad de expresión. Bajo su palio se ha extendido lo soez y la humillación del contrario de modo flagrante. Incluso se disfraza como cultura. Eso es lo insoportable. La historia de las vanguardias es también un relato de transgresión. De Leopold Bloom a los expresionistas el arte mayor está cargado de irreverencias. También de blasfemias, con ellas hemos convivido los católicos. Lo que sucede es que ahora las blasfemias y el insulto gratuito se asumen como gesto libertario. Y es mentira. La verdadera «onda represiva» es la que ejercen los apologetas de lo políticamente correcto con su sectarismo, su soberbia y sus injurias. Lo mejor del nacionalismo se quedó en el BNG, sin duda.

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