El feminismo cívico de Clara Campoamor


Conmemoramos el 12 de febrero el 130 aniversario del nacimiento de Clara Campoamor, la diputada liberal que en las Cortes constituyentes de 1931 consiguió la aprobación del voto femenino en España, un hito histórico del movimiento feminista español iniciado en 1892 por dos ilustres coruñesas: Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal.

La admiración de Clara Campoamor por la obra y el pensamiento de Concepción Arenal tuvo tan amplio reflejo en su propia vida política que bastaría con dos citas para apreciar su profunda afinidad. Así, sobre el carácter liberal de Concepción Arenal, escribió: «Ama el liberalismo y la moderación y afirma que la solidez y la salvación de un país residen en una clase media culta y laboriosa, que sepa cumplir con su deber rector». Y añadía algo que a Campoamor le sirvió de ejemplo permanente, que la clave del método de Concepción Arenal para la mejora social era: «moderación y constancia en todo; ponderación y paciencia en las obras, y una gran esperanza en la humanidad».

Todas estas cualidades practicó Campoamor en los debates parlamentarios en los que consiguió, gracias a su tesón personal, que el derecho de sufragio activo se extendiese a la mujer. Unos debates ásperos en los que, frente a la socialista Victoria Kent, que pretendía postergar el ejercicio del voto femenino por oportunidad partidista, algo que Campoamor rechazó.

Esta victoria parlamentaria le creó multitud de animadversiones políticas, pero sin duda alguna la más destacada fue la que tuvo con el socialista Indalecio Prieto, que abandonó el hemiciclo denunciando «una puñalada trapera para la República».

Hacia los gallegos, Campoamor siempre tuvo detalles de simpatía y preocupación como en aquella ocasión en la que interpeló a Largo Caballero por una disposición ministerial que había causado el despido de segadores gallegos en la provincia de Madrid: «Dejáis abandonadas a la miseria, al desamparo y al incumplimiento de la ley a todas esas cuadrillas de obreros gallegos».

O aquella divertida anécdota con el liberal coruñés Salvador de Madariaga, de quien apreciaba su inteligencia y fino humor, y del que contaba que en una reunión de la Sociedad de Naciones para elaborar un Estatuto de la Mujer, las vestimentas de las delegaciones eran tan exóticas que no pudo contener la risa cuando Madariaga le comentó: «Usted no está en carácter; ha debido venir con el chal español, mantilla y claveles rojos».

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