El despiporre nacionalista

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Ningún Estado democrático que aspire a funcionar de forma razonable puede hacerlo sin la lealtad constitucional de los partidos que representan al cuerpo electoral. Una lealtad que es aun más necesaria en los sistemas descentralizados, donde los partidos tienen que renunciar a convertir su eventual poder territorial en un arma para destrozar al propio Estado.

La situación de España -uno de los países más descentralizados del planeta- acabaría siendo sencillamente catastrófica si a la «feria del disparate» en la que, en palabras de Joan Manuel Serrat, se ha convertido al desafío secesionista catalán se uniera la enloquecida reivindicación soberanista del nacionalismo vasco que ha presentado el PNV.

El desbarre del lío catalán alcanza un grado insólito de impudicia y desvergüenza. La pretensión de que Cataluña se gobierne desde Bruselas por Carles Puigdemont y un esperpéntico ejecutivo en el exilio, del que el gobierno autonómico catalán no sería más que brazo ejecutor, solo cabe en la cabeza de quienes la han perdido por completo. No se trata ya de que tal dislate sea ilegal, que lo es de arriba a abajo, sino de que un país serio, donde hay muchos importantes problemas que arreglar, no puede estar pendiente durante meses de las constantes payasadas de unos sujetos que se han convertido en unos auténticos marcianos. Facinerosos, sí, pero tan carentes de chaveta que darían risa si no tuvieran, como tienen, el país patas arriba.

Lo del PNV resulta igualmente inconcebible. Meses después de haberse puesto en plan institucional para llegar a un acuerdo presupuestario con el Gobierno a cambio de llevarse un pastón en los bolsillos, ahora el PNV se echa al monte (¡una vez más!) y plantea una serie de exigencias que pueden resumirse fácilmente: su plan es que el País Vasco deje de ser una Comunidad Autónoma para convertirse en un Estado confederado con España. ¡Como quien no quiere la cosa y se levanta un día con la pierna pactista y otro con la soberanista!

Y así, claro, no se puede. España se convirtió en un tiempo récord en un Estado federal, uno de los más descentralizados del planeta, donde se respetan como en ningún otro país democrático eso que los nacionalistas llaman identidades propias. Y ello hasta el punto de que lo que está en riesgo en España desde hace años no es la real o imaginada identidad de cada territorio, sino la cohesión política, económica, social y cultural que resulta indispensable para la permanencia del país de todos como un Estado con futuro.

Por eso, hartos ya de una insufrible e intolerable deslealtad, que se han convertido en un escarnio para la inmensa mayoría, hay que decir, con Francisco de Quevedo: «Pues amarga la verdad / quiero echarla de la boca». Y la verdad es que, dejando de lado incluso sus manifestaciones terroristas, el desafío a la convivencia democrática y a la paz civil del separatismo es desde hace dos décadas el problema más grave, injustificado y delirante de la vida nacional.

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