Universidad y mercado laboral


Es conocida la elevada tasa de paro que, con carácter persistente, caracteriza a la economía española. Ni siquiera en los tiempos de vino y rosas, a mediados del 2007, la tasa de desempleo bajó nunca de la barrera del 8 %, en tanto que en los peores momentos de la crisis, a principios del año 2013, alcanzó el 27 %. Al mismo tiempo, también es recurrente la queja de las empresas de que no siempre encuentran el perfil de trabajador adecuado para cubrir sus necesidades laborales. Aparte de otras consideraciones, ambos hechos reflejan el mal funcionamiento del mercado laboral y la deficiente asignación de recursos que en él se consigue. 

Hay quien sostiene que el cometido más importante de la universidad es capacitar a quienes demandan educación superior, de manera que el capital humano suministrado esté lo más en consonancia posible con las demandas del mundo laboral. De hecho, también defienden este papel quienes constatan que la oferta de educación superior no siempre está alineada con las necesidades puntuales de las empresas, de donde coligen que la universidad es una institución escasamente conectada con el mundo empresarial. A partir de aquí, las propuestas para reinventar la Universidad son varias.

Este argumento podría ser defendible si no fuese por un pequeño detalle. Si las cosas sucediesen así, no deberíamos ver a ninguna empresa financiera, por ejemplo, contratando a graduados en física, matemáticas o ingeniería aeronáutica. Al fin y al cabo, el capital humano que hayan obtenido estos graduados habrá tenido poco que ver con las finanzas. Y, sin embargo, esta práctica no es infrecuente.

Una de las razones de por qué un mercado no funciona de manera correcta es la falta de información entre los agentes que actúan en él. En el caso del mercado de trabajo, que las empresas desconozcan la verdadera habilidad de los aspirantes a los puestos disponibles les obliga a incurrir en procesos de formación tan largos y costosos que muchas empresas podrían declinar llevar a cabo. Ergo, una condición indispensable para que el mercado laboral mejore su funcionamiento es que la cantidad de información asimétrica existente se contraiga. Este debería ser el papel más importante de la universidad desde el punto de vista social: efectuar procesos de evaluación y selección rigurosos para, a través de la credencial otorgada a cada estudiante, ayudar a identificar a los trabajadores más productivos, quienes señalizan su valía invirtiendo más en educación.

Lo anterior pasa porque estudiar en la universidad sea compatible con los incentivos de los trabajadores. En román paladino: el principal desafío pasa por ofrecer programas académicos rigurosos y con el listón de la exigencia alto, antes que contenidos asequibles a todo el mundo aduciendo que cuanto más asequible sea la formación universitaria (en realidad, cuanto mayor sea la cantidad de títulos dispensados), tanto más beneficio para la sociedad por el presunto incremento del capital humano.

Si la universidad asumiese el papel de ayudar a identificar a los individuos por su talento y su capacidad, motivación y/o tenacidad para resolver problemas, las empresas verían incrementado notablemente su grado de información acerca de la actitud y aptitud de los aspirantes a los empleos que demandan y, como resultado, los procesos de selección y asignación en el mercado laboral serían más eficientes al producirse en condiciones más transparentes.

Para poder cumplir esta función, dos condiciones parecen necesarias. Una, que los criterios de admisión en la universidad sean exigentes para que no todo el mundo, con un esfuerzo exiguo, consiga la acreditación. Esto deja las cosas como estaban al principio y provoca que muchos estudiantes intenten diferenciarse haciendo másteres, y que cuando realizar un máster esté al alcance de todo el mundo, algunos se desvíen haciendo doctorados. La segunda condición es que los mecanismos de entrada al mercado laboral sean, esencialmente, meritocráticos. De hecho, si aceptamos que el proceso de obtención del título en carreras como Física, Matemáticas o Ingeniería aeronáutica es más costoso que en otros grados, podría estar sucediendo que, de facto, muchas empresas estuviesen privilegiando el papel de la universidad como señalizador del talento más que como proveedora de capital humano.

Por Manel Antelo Profesor de Economía de la USC

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