La astucia de Soraya


Entre las santas que son de mi devoción -Teresa de Jesús, Catalina de Siena, y gente así- no figura Soraya Sáenz de Santamaría, a la que, además de criticarla por sus estériles viajes a Cataluña, también me atreví a negarle su condición de reencarnación transexual del emperador Justiniano. Los cuatro últimos días, sin embargo, cuando la multitud de tuiteros, tertulianos y articulistas de fortuna se lanzó en tromba contra ella, no dije nada. Porque, aunque no sabía si era ella o el Consejo de Estado (CE) el que llevaba la razón, sí intuía, con toda claridad, que si el Estado de derecho necesita una solución razonable, es imposible que no la pueda encontrar. Por eso felicito a mi criticada Soraya, que fue sola a la batalla, y la ganó. Fue sola porque a todas las marabuntas jurídicas y tertulianas les dio por hacer un drama de lo que en absoluto lo era, al establecer como una «gravísima crisis» la hipótesis de que el Tribunal Constitucional (TC) asumiese a pies juntillas la tesis del CE y dejase al Gobierno con el culo al aire.

La verdad, sin embargo, es que al Gobierno no le pasa nada porque el TC no le admita a trámite un recurso, aunque si tal cosa hubiese sucedido, se nos habría quedado cara de parvos y atolondrados a todos los españoles que creemos en la democracia y en su justa defensa.

Por eso Soraya se quedó sola y se jugó su puesto en un envite puntual estúpidamente dramatizado.

Y ganó la batalla -¡ella, y no el TC!- porque se dio cuenta de que la política española está presa de un andazo de indecisión que afecta a todas las instituciones, partidos políticos y poderes fácticos, y que la única manera de avanzar por la senda de la eficacia, la racionalidad y el sentido común es poner a la gente contra las cuerdas, anular la posibilidad de quedarse calladitos y agazapados, y no dejarles más que dos únicas salidas: una de ellas inteligente, justa, razonable y constructiva, y la otra -la de «no se puede hacer nada que le rompa la iniciativa a Puigdemont»-, que es en realidad una cobardía y una pura estupidez.

Por eso el TC, que hubiese preferido esperar a que se hiciese el roto antes de iniciar su zurcido, no tuvo más remedio que ponerse serio por unanimidad, dejar en ridículo a los meaprecedentes del CE, y decir -muy bien dicho- lo que cualquier guardia civil hubiese dicho a la brava: que esperar a que haya un muerto para perseguir el crimen es una solemne bobada.

El CE ya debía haber dictaminado -porque cobran para eso- lo que después hizo el TC. Y al TC no le quedó más remedio que poner orden en este caos de jurisconsultos que tienen acorralado al Gobierno -melifluos meapilas con Puigdemont y matones porteros de discoteca con el Estado-, porque la vicepresidenta les obligó a debatir en serio y coram populo.

Por eso merece matrícula en el examen de hoy, aunque no le garanticemos, por ahora, la prórroga de la beca.

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