Parábola de Cataluña y el Estado indefenso


Para que entiendan bien lo que pasa en España, les propongo esta parábola. En una madrugada veraniega entra en un hotel de Sanxenxo un chulito pendenciero al que su ligue de discoteca acaba de dejar con un palmo de narices. Se dirige a la cafetería y pide un whisky triple y una tapa de caviar. El camarero, con buenas formas, lo invita a relajarse en la terraza y al relente del mar. Pero el cliente se ofende, coge la botella, la estrella contra la alfombra, y le planta fuego. Y en ese preciso instante entra en acción el mundo de los buenos. El camarero llama a los bomberos de Pontevedra, que salen mangados hacia Sanxenxo. Pero al llegar a Raxó los para la Guardia Civil por exceso de velocidad. Los bomberos le explican la gravedad del problema, pero el agente, muy atento, les pide el parte de incidencias, que no llevan, y decide bloquear la motobomba. El cabo de bomberos llama a la base para que su jefe hable con los agentes y certifique la urgencia. Pero el jefe, que estaba despachando con el alcalde, le dice que no sabe nada de lo que pasa, y que su honradez no le permite certificar un servicio solicitado verbalmente.

Para salir del paso, uno de los bomberos, que es primo del general jefe de la Guardia Civil, llama a su pariente para pedirle -«oye, Manolo»? que les facilite el servicio. Pero el general le responde que ese problema es competencia de Tráfico, que no puede alterar la cadena de mando a petición de un civil, y que, aunque sabe que el coronel de tráfico está de vacaciones en un hotel de Sanxenxo, no pudo hablar con él, porque tiene su móvil «apagado o fuera de cobertura» y la centralita no responde. Para romper tanto mamoneo el cabo de bomberos ordena arrancar y «saír escopeteados para Sanxenxo». Pero uno de los guardias dispara a las ruedas de la motobomba, la desvía de la calzada y la estrella contra mi coche, que estaba aparcado en la leira del vecino mientras yo compraba pan. Finalmente la Guardia Civil detiene al cabo de bomberos en flagrante delito, y el juez lo envía, sin más, al trullo de A Lama. Resumen: en esta historia todos, salvo el chulito del whisky, hicieron -¡exactamente!- lo que debían hacer. El hotel, se quemó, aunque solo hubo un herido grave, que era el jefe de tráfico que no pudo atender el teléfono, porque estaba organizando la evacuación.

El único sancionado fue el eficaz cabo de bomberos. Y el único que consiguió su objetivo fue el chulito, que se reencontró en el tumulto con el ligue de la discoteca y se fueron a ver el operativo desde el hotel de enfrente. El gamberro, obviamente, se llamaba Puigdemont. Y todos los demás, fieles servidores de la ley y sus procedimientos, eran… ¡los poderes del Estado!

El borrachín, finalmente, sacó las oposiciones del grupo A, se casó con la chica y se instaló en Bruselas, donde vive feliz con sus cuatro niños.

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