Monstruos y niños


Admitámoslo y generalicemos. Los padres dedicamos cientos de horas a los detalles más irrelevantes alrededor de nuestros hijos. Y, si por suerte todo va aparentemente rodado, despachamos el contacto directo con los educadores que los forman con un par de charlas rutinarias cada año. Dejamos su cuidado en manos de desconocidos de los que apenas tenemos referencias, en una sociedad que no prestigia lo suficiente a la figura de los educadores, maestros y entrenadores deportivos. La cadena de dejadez puede llegar a tener efectos perversos por culpa de una minoría de indeseables. Entrenadores que, en lugar de educar a los niños, les enseñan el camino hacia el triunfo a cualquier precio, cuando no agreden o insultan directamente a los árbitros. Esta misma semana la crónica negra del fútbol gallego arrojó casos similares. Solo cuando falla absolutamente la cadena completa de garantías y vigilancia puede torcerse todo tanto para que acabe surgiendo un caso como el del Monstruo Larry Nassar. El médico de la selección estadounidense de gimnasia que abusó sexualmente de 160 niñas y fue condenado a una pena máxima de 175 años de cárcel. Una espeluznante historia que recuerda lo frágiles que pueden llegar a ser los filtros que protegen a los más débiles cuando anida el mal en las personas que deben protegerlos. Una asquerosa espiral de silencios y controles fallidos permitió que el último eslabón en el que depositaron su confianza tantas familias destrozase sus vidas cuando eran precisamente más vulnerables. Un fracaso colectivo.

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