Portugal, sentido común


Todos estamos de acuerdo en facilitarnos la supervivencia a largo plazo. Por ello, tendemos a favorecer fiscalmente aquellos consumos que son básicos para el desarrollo humano. Sería lógico que al hablar de personas jurídicas aplicáramos un pensamiento similar: discriminar positivamente aquello que facilite existir y crecer. Después ya se pagarán los correspondientes impuestos. Las personas vía renta; las empresas, por sociedades.

Pues esto, facilitar el asentamiento de empresas, es lo que han hecho nuestros vecinos de Portugal. Aquí dicen que estamos en la fase de reducir el déficit público y que, por lo tanto, aún no toca. Cristóbal Montoro está actuando más como un recaudador que como ministro de Hacienda. El primero domina todos los entresijos para recaudar un euro más; el segundo, utiliza el sistema impositivo para hacer país. También puede ser que el señor Montoro no tenga claro qué país hacer y por eso se centre únicamente en recaudar. En todo caso, sea lo que sea, donde sí parece que hay ministros de Economía y de Hacienda es en Portugal. En Galicia, Francisco Conde y Valeriano Martínez también parecen tener las ideas más claras, pero el poder autonómico da lo que da de sí.

Los vecinos lusos, en el marco de su crisis, tomaron la decisión de facilitarle la vida a la inversión extranjera como vehículo para salir de la recesión lo antes posible. Para ello, crearon la Agencia para la Inversión y Comercio Exterior de Portugal (AICEP) y la cargaron de sentido común. Lo primero que hicieron fue reducir la burocracia, una medida que no cuesta un duro y que es una demanda permanente del sector empresarial español para reducir plazos y costes. Lo segundo, facilitar créditos fiscales a la inversión. Y lo tercero, diseñar paquetes de incentivos económicos, tanto estatales como regionales. Así, por ejemplo, en los proyectos de carácter turístico la financiación parcial de un proyecto puede llegar hasta el 50 % de la inversión.

En paralelo, han actuado, en primer lugar, sobre su capacidad logística, potenciando la terminal de Sines (intentan que sea una de las entradas portuarias de Madrid); en segundo, mejoraron las infraestructuras en telecomunicaciones; en tercero, crearon la visa de oro que facilita la residencia vía inversión productiva; en cuarto lugar, han suavizado la normativa para facilitar la flexibilidad laboral, adicionalmente han creado un régimen especial de ayudas para proyectos superiores a los 25 millones de euros y una serie de medidas que facilitan la creación de una sociedad mercantil en menos de una hora.

Aquí descargamos nuestro crecimiento en el sector turístico y en las exportaciones. Y no está mal. España crece en estos momentos a tasas espectaculares, aunque no debemos olvidar que el primero creció sobre los conflictos político-sociales del Mediterráneo y, el segundo, necesitó de una profunda devaluación competitiva, es decir, de pérdidas salariales de nuestra fuerza productiva. El crecimiento que todos buscamos no debe de vivir de las desgracias de terceros, al contrario, ha de ser virtuoso. Por ello, la gran lección de Portugal es que debemos cuidar las empresas con el mismo cariño con el que intentamos cuidarnos a nosotros mismos.

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