El mal español ya no va de cataplasmas


El secesionismo catalán ya no es el grave tumor que amenaza la unidad y el ser del Estado y su buena salida de la crisis, sino una payasada insoportable, que nos llena de oprobio y de ridículo, y que, además de impedir que se gobierne lo que es necesario gobernar, nos convierte en protagonistas involuntarios de un dramático esperpento, nos llena la agenda de trapalladas sin sentido, e impide que nos tomemos en serio a los tres poderes del Estado.

Si tuviésemos el grave mal que todos nos temíamos, sabríamos cómo afrontarlo, y hasta es posible que volviese a visitarnos ese extraño caletre que el pueblo español recobra en momentos muy dramáticos. Pero al vernos así, vestidos de remiendos, con un pompón en el gorro, una nariz colorada, unos zapatones desmedidos y una boca multiplicada por tres a base de carmín, perdemos la capacidad de razonar y entender, y todos actuamos como dementes en ciernes, que endulzan el caldo, le echan mayonesa al jamón ibérico, o dejan abierta la nevera, como la puerta del balcón, para que se enfríe.

Muestras de ello, ayer mismo, pudimos ver al Gobierno compitiendo en pillería con Torrent y Puigdemont, a los que una jugada maestra del sorayismo les dejó sin despacho en Bruselas pero les llenó de telediarios; a los periodistas embelesados con la heroica preguntante -en las conferencias nacionales se llama «el pelma inevitable»- que acorraló al astuto candidato a president; a los politólogos analizando como gilipollas el beso de la bandera y las tretas para colarse en la sesión de investidura; a los poderes del Estado dedicados a evitar que cuatro independentistas con bufanda y mochila les dejen en ridículo otra vez; y hasta al Rey -¿quién le asesora?- que, se fue a un club privado de Davos, donde los más chulos lucen palmito al margen de controles institucionales, para colaborar eficazmente con Carles Puigdemont en la internacionalización del conflicto.

Así que, si no queremos seguir haciendo el canelo, ruego a los poderes del Estado, a los partidos, a los medios de comunicación, y los que discuten en la barra del bar que se dejen de recetar cataplasmas e inicien un severo tratamiento antes de que sea demasiado tarde. La aplicación del artículo 155 de la Constitución no se puede levantar, porque -aunque funcionó- no se administró en las dosis y en los tiempos oportunos. El poder no puede volver a la Generalitat hasta que esté claro que hemos vuelto a la senda de la racionalidad y del respeto al orden constitucional. Hay que lograr que, en vez de estar acomplejados porque Carles Puigdemont nos llame franquistas, nos dé una horrible vergüenza hacer el payaso urbi et orbi. Las cataplasmas solo sirven para tapar los síntomas y desorientar a los doctores. Y por eso hay que invertir y arriesgar mucho, seria y urgentemente, para vaciar con prudencia política este molesto absceso que amenaza con invadir el Estado. Si lo hacemos así, que Dios y la patria nos lo premien, y si no, que nos lo demanden.

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