Nacionalistas y PSOE: hablemos claro


Si hay algo que hemos aprendido en España durante los cuarenta últimos años es que los partidos nacionales, tanto los de izquierdas como los de derechas, tienen muchas más coincidencias que las de la izquierda nacional con la nacionalista.

Basta con fijarse en cualquiera de los grandes temas sobre los que ha girado la política española para constatar, sin duda alguna, como en todos, salvo en los relativos a la amplitud de algunas libertades (el aborto o el matrimonio de personas del mismo sexo, por ejemplo), el PSOE y el Partido Popular han estado de un lado y el nacionalismo de izquierdas en el contrario: la transición, la Constitución, la autonomía, la integración en Europa, la reforma del artículo 135 de la Constitución o la reciente aplicación del 155, con el que se paró en seco la rebelión secesionista.

Hay quien dirá que esas coincidencias no son nada comparadas con la distancia existente en política económica, pero tal afirmación es más propaganda que otra cosa. Y ello porque, con matices, los dos grandes partidos nacionales han asumido de facto la defensa del Estado social, como lo demuestran sus políticas en materia de sanidad, educación o cobertura pública de cualquier situación de desamparo. Las diferencias entre el PSOE y el PP (como entre otros muchos partidos de izquierdas y de derechas en la Europa más cercana) no residen tanto en que sus políticas económicas sean completamente distintas, sino en que, en situaciones de crisis, mientras que la derecha aplica en el gobierno su ideario, la izquierda -desde el griego Alexis Tsipras hasta el francés François Hollande- promete una política antes de alcanzar el poder y hace luego otra diferente.

Esa es la razón por la que la renuncia del PSOE a la vocación mayoritaria que explicó sus grandes éxitos y el ciego acercamiento a la izquierda nacionalista que impulsó el zapaterismo no sirvieron para otra cosa que para fortalecer al nacionalismo, mientras que el socialismo se debilitaba al perder su identidad. Así aconteció sobre todo en Cataluña, donde Maragall primero y Montilla, con posterioridad, dejarían una herencia pavorosa: un PSC jibarizado por su derecha y por su izquierda y unos nacionalistas fortalecidos y radicalizados hasta el punto de haber organizado una rebelión, de la que no saben, no quieren o no pueden apearse. Ahí está, si no, el intento disparatado de hacer presidente a Puigdemont.

Los pactos del nuevo PSOE con la izquierda nacionalista -ahora en las comunidades de Valencia, Baleares o Galicia, aunque aquí en una medida diferente, al ser el nacionalismo gallego una fuerza mucho menos relevante- son hacia el futuro el mayor riesgo para la estabilidad política española. Pues en ningún sitio está escrito que el actual esperpento secesionista no pueda reproducirse antes o después en otros territorios donde hoy consideramos tan imposible que suceda lo que está pasando en Cataluña como, no hace muchos años, nos parecía sencillamente inimaginable la enloquecida deriva catalana.

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