Convergència nos roba


La demoledora sentencia del caso Palau, que prueba que Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) era una organización mafiosa dedicada a saquear las arcas públicas, es indisociable de la deriva independentista iniciada por Artur Mas y continuada por su marioneta Carles Puigdemont. Eso que se ha venido llamando el procés no es otra cosa que la huida hacia adelante de un régimen nacionalista que durante años robó a los catalanes desde el poder de las instituciones autonómicas y que, cuando se vio acorralado por la Justicia, se envolvió en la bandera del independentismo, confirmando así lo que el doctor Samuel Johnson nos dijo hace ya tres siglos: «El patriotismo es el último refugio de los canallas».

El obsceno y continuado expolio de 23,7 millones de euros del Palau de la Música es solo una gota en el océano de corrupción institucionalizada que se extendió durante décadas en Cataluña. La independencia era por eso el paraíso soñado de Mas y los suyos, en el que los jueces no podrían ya acosarlos, porque los habrían nombrado ellos, y en el que el nacimiento de la república justificaría la amnistía total de quienes robaban para el partido y para sí mismos. ERC, la CUP y todos los que los apoyaron y siguen apoyándolos se convierten así en cómplices del desfalco. Resulta tan obvio que CDC, que siempre renegó del independentismo, solo se lanzó al abismo secesionista cuando Mas sintió el aliento de la Justicia en el cogote, que el respaldo que dos millones de catalanes siguen ofreciendo a los protagonistas de este latrocinio despiadado solo puede explicarse como el resultado de una colosal estafa política y sentimental.

Decía Voltaire que «aquellos que pueden hacerte creer cosas absurdas pueden hacerte cometer atrocidades». Y así es. Décadas de adoctrinamiento y manipulación han servido al nacionalismo para que millones de catalanes se traguen ese absurdo y pueril «España nos roba» con el que los autores del saqueo tratan de ocultar su depravación política. Y, aunque ahora sabemos por sentencia judicial que quien robaba a Cataluña, y a manos llenas, era Convergència, millones de estafados siguen dispuestos a entronizar a los estafadores, aunque sea por vía telemática, y a culpar a España de sus males. Pero que Mas y Puigdemont pretendan desmarcarse de esta sentencia por el hecho de que el partido con el que ambos llegaron a presidentes haya cambiado de siglas y ahora se denomine PDECat es una maniobra tan burda y ridícula que ni los más acérrimos pueden tragársela.

El balance que CDC y sus herederos ofrecen a los catalanes es aterrador. Su fundador y expresidente de la Generalitat, Jordi Pujol, es, según los jueces, el mayor cleptócrata de Occidente, protagonista de un saqueo solo al alcance de sátrapas africanos. Su sucesor, Artur Mas, está inhabilitado por la Justicia. El relevo de este, Carles Puigdemont, está acusado de malversación y rebelión. Y, desde ayer, sabemos que la propia CDC era una banda mafiosa dedicada a robar a los catalanes. Triste independencia iba a ser la que naciera con semejantes padres de la patria.

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