Ciegos que no quieren ver


No insistiré en lo que fue y en lo que algunos, muy pocos, dijimos: el PP se equivocó en su estrategia política y ahora toca no cerrar los ojos. Es decir, ver. El problema ha sido uno: con su convocatoria de elecciones exprés el PP ha engrandecido al partido con el que pelea un similar espacio electoral. Nadie daría posibilidad alguna a Rivera el pasado verano. Pero Génova 13, donde reside la inteligencia del PP, se encargó de revertir esta situación. Quizá algunos observen consecuencias positivas en la estrategia (Ciudadanos y PP suman una hipotética mayoría suficiente para gobernar), yo no percibo ninguna. Quizá porque me fío tanto de Rivera como de Sánchez, o sea, nada. Quizá porque Ciudadanos se asienta en una nebulosa de difícil concreción ideológica. Quizá porque soy un conservador convencido, por propia experiencia, que no se jacta con las epifanías políticas. Y menos con Ciudadanos. Son pocos. Sin cuadros. Sin éxito alguno en la gestión. Pero están unidos. Y ese es el grave problema que tiene el PP. A Ciudadanos los une la ambición de poder, simplemente.

El PSOE, que gracias al ínclito Zapatero dejó crecer a Podemos en su secular espacio ideológico, tiene menos problemas que los de Rajoy. Podemos, contrariamente a Ciudadanos, está en descomposición. Pasó su tiempo, sus escraches y críticas a la casta: ellos son casta. Se muerden aquí y allá: miren a Galicia, su Villares y su Anova y su Podemos y su Martiño, y lo comprenden de inmediato. Podemos, y los que allí confluyen, agoniza; y el PSOE respira. Al PP le sucede al revés: las encuestas dicen que Ciudadanos va para arriba y ellos abajo. ¿La solución? Solo hay una. No busquen más. El Partido Popular precisa un cambio radical de caras y ejecutiva. Sus santamarías (la que no encontró las urnas catalanas y gobierna TVE), sus andreaslevys, sus maíllos y sus viejos Arenas son un lastre. El PP no puede arriesgarse a ser vapuleado en las elecciones municipales del año 2019. Ese riesgo no solo es real. Ahora mismo es el preámbulo para perder Madrid y, si Núñez Feijoo no lo remedia presentándose de nuevo, hasta Galicia. En la sede de Génova, sin embargo, parece no importar esta realidad infausta para sus intereses. Es que no hay peor ciego que ese que no quiere ver.

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