Taberneros del más allá


Hay algo intrínseco en la sociedad gallega que relaciona cualquier hecho de importancia con la gastronomía. Así, cuando nacemos, lo celebramos con una comilona; cuando nos casamos, organizamos una comilona; durante el entroido, también comilona; nos juntamos tres o más, comilona; estrenan Spiderman en el cine, comilona...

Todo lo celebramos alrededor de una mesa como una exaltación de la vida, como si el hecho de comer nos reafirmara en la idea de que estamos vivos. Los muertos no comen, están muertos, por lo tanto si comemos es que estamos vivos.

Pero también existe una gastronomía de la muerte. Después del entierro, se organizaba un gran banquete con tantas viandas como el día del patrón, y no solo para los familiares que habían venido desde lejos y se quedaban a dormir, sino para todos los allegados. Estas comidas de funeral se celebraban en la casa del difunto, nunca en la taberna, y eran las mujeres, transmisoras de la tradición y la cultura en la familia, las que se ocupaban de tener la casa, la comida y la bebida preparada para la ocasión.

Todas estas y otras costumbres funerarias heredadas de los mitos celtas, germanos y nórdicos que adaptamos a nuestras creencias y necesidades durante años, han dado paso a una urbana relación con la muerte que tiene más que ver con el fracaso que con el natural final de la vida.

Hemos pasado de «comer y beber la herencia del muerto» el día de su funeral, del gran banquete mortuorio, de celebrar el inicio del «camino al Valhalla» (salón de los caídos, en la mitología nórdica), a las cafeterías cutre luxe de los tanatorios donde la máxima expresión de la gastronomía funeraria es el sándwich de fiambre o la repostería industrial para mojar en un sórdido café con leche. Todo ello amenizado con una pantalla de plasma situada encima de la tragaperras desde la que, a todo volumen, Belén Esteban le hace comer el pollo a su Andreíta. Vamos... pa morirse.

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