Ni es un horario de adultos


Tener que soportar un programa es una de las peores torturas para un espectador, hecho al veo lo que quiero cuando y como quiero. Somos cada vez más libres a la hora de consumir televisión y nos cuesta adaptarnos al enlatado de esto te lo comes ahora sin más opción. Pero los programadores de los concursos estrella siguen pensando que trasnochar, alargar el final de un show, es buena señal y conviene que entre cabezazo y cabezazo aguantemos a duras penas lo que suceda hasta el minuto de oro. Cueste lo que cueste. Y lo que nos ha costado esta semana es un doble disgusto, o triple: el de los niños que se fueron para la cama sin poder ver la final de MasterChef Junior; el de los niños que la vieron hasta la una de la madrugada acompañados de unos padres malhumorados por el horario; y el de los espectadores que, aun sin niños en casa, no terminan de ver el goce de que un programa se alargue y se alargue sin necesidad. Pero en esa contradicción nos llevamos moviendo toda la vida, con horarios que nos tienen desajustados. Perdidos en nombre de una audiencia que aplaude espacios que convierten a los niños en prodigios imponiéndoles una realidad de adultos que les obliga a cocinar, cantar o bailar. Y viceversa: a adultos a los que se trata como niños, infantilizados con realities en los que lo más útil es pasmar. O roncar a pierna suelta.

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