La consagración del disparate


A Stravinski, el compositor eximio, no lo conocía casi nadie cuando lo llamaron con el fin de realizar trabajos para los ballets rusos. La consagración de la primavera es el tercero de sus proyectos. Los que saben de ballet dicen que este es de los más innovadores y rupturistas. Tanto que en su estreno no se libró de múltiples abucheos. Sin embargo, fue ganando territorio artístico y la crítica fue deslizándose hacia su aclamación. Stravinski y Puigdemont se parecen poco, o mucho. A mí hasta me produce reparo citarlos conjuntamente. Quizá porque al segundo le he visto las mañas y no lo soporto: los columnistas también somos humanos y la objetivación fría, imparcial, no nos resulta propia. Dejo a Stravinski y me quedo con su título para transformarlo en el que anuncia este artículo: la consagración del disparate. Y ahí está el independentismo con el nuevo líder a la cabeza. Ese fue su mérito: salir de la nada, como Stravinski, para convertirse en alguien. Él, que solo era un mal estudiante que no terminó carrera alguna, ya se anunciaba como filólogo y periodista. Él, espejo perfecto de la megalomanía.

No lo soporto, digo de nuevo. Y hasta me sorprende que se hable tanto de él, conmigo en esa lid. Pero la actualidad es la que mueve los periódicos y a los que en ellos escribimos. Y la actualidad dolorosa, decía, es que se comenta que puede ser investido telemáticamente. Hasta el comentario es infame. Chirría en los oídos. Sin embargo ofrece una imagen exacta de este asunto que tratamos desde hace meses: el delirio del independentismo. ¿Se imagina usted que los funcionarios del Estado arguyesen los mismos argumentos que Puigdemont para ejercer su trabajo desde el extranjero? ¿Parece posible? El independentismo dice sí. Es el fanatismo vestido como el rey aquel del cuento: desnudo. Hasta el límite de toda razón hemos llegado. Y alguien tiene que decir basta. Basta de verdad. Y no con un 155 leve y vano que nos ha traído hasta aquí. Porque estamos a un paso del derrumbe cierto de nuestros fundamentos democráticos. No es la consagración de la primavera, y menos en este invierno helado. Es, sin más, la consagración del disparate.

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