Canguelo independentista

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El nivel de indigencia intelectual, política y moral que ha alcanzado el independentismo catalán se mide en el hecho de que un absoluto irresponsable como Artur Mas sea considerado por algunos, en comparación con truhanes como Carles Puigdemont u Oriol Junqueras, como un ejemplo de seriedad y coherencia por renunciar a la presidencia del PDECat y admitir la perogrullada de que imponer la independencia de Cataluña cuando hay más votos para los partidos no independentistas que para los separatistas es una estupidez que carece de la lógica mas elemental. El delirante procés fue desde su nacimiento un disparate grotesco y sin el mínimo sentido, con épica de cartón piedra y grandes dosis de cursilería. Pero termina convertido en un espectáculo siniestro protagonizado por una banda de tahúres que ya solo aspiran a salvar el pellejo, huir hacia adelante y timarse entre ellos pasándose la pelota del incumplimiento de la ley.

Ha bastado que el Estado se tomara por fin la molestia de aplicar la Justicia para que las enardecidas promesas de desobediencia de los principales caudillos independentistas se hayan transformado en desbandada general y sálvese quien pueda, con patéticas llantinas ante el juez y ridículas proclamas de fervor religioso para tratar de eludir la prisión. Los mismos que llamaban a todos los catalanes a inmolarse por la independencia arriesgando libertad y patrimonio reniegan ahora sin pudor de la causa separatista y aseguran que ellos jamás han apostado por la secesión unilateral. Y es que una cosa es jugar a ser Braveheart desde la impunidad que otorga la tribuna parlamentaria, y otra seguir haciendo el ganso delante de un magistrado cuando el precio es permanecer en la cárcel o regresar a ella. Así que la otrora flamígera Carme Forcadell pide ahora que sea otro el que cargue con el muerto de desobedecer al Constitucional desde la presidencia del Parlamento catalán, lo mismo que Carles Mundó. El exconsejero Joaquim Forn, aquel matón que llegó a amenazar con un enfrentamiento armado entre Mossos y Guardias Civiles si no se aceptaba la independencia, afirma ahora contrito que el referendo del 1-O fue «ilegal». Y Jordi Sánchez, que incitaba desafiante a la revuelta megáfono en mano y subido a un destrozado vehículo de la Guardia Civil, es ahora un osito de peluche que asegura que si alguien le impusiera la independencia renunciaría a su escaño.

El súbito canguelo de los aguerridos separatistas deja colgado de la brocha al fugitivo Carles Puigdemont, convertido ya en un chiflado al que solo le queda volver a España para entrar en la cárcel o errar de por vida como un prófugo. Su pretensión de ser investido por Skype y presidir la Generalitat desde Bruselas no solo es una cuestión imposible en términos reglamentarios. Es que es algo implanteable en democracia que los catalanes no merecen y que no se tragan ni sus antiguos socios de Esquerra Republicana. Todo resulta ya chungo, cutre, ridículo, cansino. La tontería toca a su fin. Invistan de una vez a un presidente viable que no sea un delincuente y dejen de hacer el ridículo de una vez.

En el asunto de la futura toma de posesión de Carles Puigdemont, todo resulta chungo, cutre, ridículo, cansino. Invistan de una vez a un presidente de la Generalitat viable, que no sea un delincuente y dejen de hacer el ridículo de una vez

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