Si el barón de Montesquieu levantara la cabeza


el 18 de enero el barón de Montesquieu cumpliría años. Imagino que ese es el motivo por el que algunos políticos e intelectuales quieren recordarlo: ninguneándolo, sin más. Era partidario de la monarquía constitucional inglesa y en uno de sus viajes elaboró su famosa teoría: la separación de poderes, fundamento básico de las democracias avanzadas del mundo. En realidad, él no fue un fanático defensor de su propia teoría; la matizaba a menudo, pero no tuvo ni un atisbo de duda en repetir la idea eximia: el equilibrio «distante» entre los poderes del Estado.

Eso quiere decir que cualquier implicación del poder ejecutivo con el judicial, como desde Bélgica y otros lares se propugna, es contra natura. Aún así lo escuchamos. Como si fuese posible en democracia que «dialoguen» el presidente del Supremo y el presidente del Gobierno. No hay nada que dialogar, es mi opinión. A los delincuentes hay que juzgarlos y, por supuesto, mantenerlos en prisión preventiva mientras el juez presuponga la mínima sospecha de que resultan peligrosos para la sociedad. Oriol Junqueras, que se declara hombre de paz, es dañino para la sociedad y por eso está en prisión. Y no lo es porque lo diga yo, sino porque actuó en contra de la ley promoviendo algaradas, se saltó los reglamentos que protegen la democracia y contribuyó, de modo fehaciente, para que la convivencia entre las gentes de su pueblo se tornase violenta y agria. Por encima, con su impulso y anuencia, permitió una rebelión contra los principios democráticos alentando un golpe de estado sin parangón en la historia reciente. Ha cometido, en mi opinión, más delitos. Pero con los anteriores bastaría para que esté donde está, en la cárcel. Y ese es el lugar también que debía dar abrigo al huido Carles Puigdemont, ese megalómano.

Por lo tanto, concluyo que Montesquieu era un hábil pensador al que debemos preservar de las hordas que pretenden destruir su legado. Y que si levantase la cabeza, se horrorizaría de lo que acontece en España: la insinuación alevosa de que el poder judicial no es independiente del poder político. Y no es que nuestra Justicia sea perfecta, pero menos perfecto es defender a aquellos que con prepotencia, chulería y mentiras constantemente la ofenden.

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