Contra esta insólita España de taifas


La noticia la publicaban ayer varios diarios, entre ellos el que el lector tiene en su pantalla o en sus manos: nadie vio técnicamente la noche del pasado 31 la emisión de las campanadas de fin de año que la televisión de Castilla y León emitió desde el precioso pueblo soriano de Salduero. Digo técnicamente porque, aunque es posible que conectasen el canal autonómico algunos castellano-leoneses, no lo hizo ninguno de los que tienen en su casa un aparato medidor de las audiencias, lo que dio por resultado que el share del programa fuera ¡cero patatero!

La cosa daría para hacer unas risas si no fuera porque es la muestra palpable de un problema de fondo que en nuestro país crece día a día: su progresiva conversión en un conjunto de reinos de taifas, como aquellos en que se dividió hace siglos la España musulmana tras la disolución del califato cordobés. En Estados Unidos, que es una unión federal desde que surgió como nación en 1787 en Filadelfia, la inmensa mayoría de los norteamericanos celebran el 31 de diciembre viendo la caía de la bola de cristal en la neoyorquina Times Square.

Es verdad que hay otras celebraciones locales, pero la que une a los estadounidenses es la que se ha convertido en una tradición nacional, como el Día de Acción de Gracias, el Día de la Independencia o el Labor Day. Aquí, sin embargo, no solo emiten las campanadas todas las cadenas de cobertura nacional sino que lo hacen también las autonómicas, dando aire a ese sentimiento localista que se favorece cada día de mil maneras diferentes.

Una de ellas: como hay un discurso navideño del Jefe del Estado, hay también 17 discursos navideños de los presidentes autonómicos, que se comportan, de facto, como 17 jefes de Estado regionales cuando su equivalente no es el Rey sino el presidente del Gobierno, quien, curiosamente, es el único de los 18 que existen en España que no se dirige a nadie por la televisión. Todo esto, claro, podría considerarse anecdótico si no fuera el síntoma de un proceso de pérdida de los elementos de cohesión cultural y de las sanas tradiciones comunes que hacen que un país perviva a lo largo del tiempo por encima de la enriquecedora diversidad de sus diferentes territorios.

El empeño de los nacionalistas en extirpar el castellano de las zonas donde existen lenguas vernáculas (en mala hora definidas legalmente como propias) es la más peligrosa de esas manifestaciones y la que más vulnera los derechos personales. Pero no es la única. No hay país en el mundo donde una parte de sus fuerzas políticas se manifiesten en las calles desde hace años con una bandera que no es la constitucional o se silbe al himno de todos mientras cunde la emoción con el particular de cada territorio. Esa es, como tantas, una anomalía española.

Y, claro, de esos polvos estos lodos. El catalán, sin ir más lejos, resultaría de otro modo completamente inexplicable.

La cosa daría para hacer unas risas si no fuera porque es la muestra palpable de un problema de fondo que crece día a día

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