Sola


Todavía puede oírse el eco de aquella frase en el bar, en la peluquería, en el mercado, en el tanatorio, en la oficina. Iba y venía. Una oración que se rezaba como un rosario por tiempos. «¿Qué hacía Diana Quer sola a esas horas?». Lo decían muchos. Lo pensaban más. Al final, ese era el resumen de la cuestión. La clave de la tragedia. La solución del problema y absolución de los pecados. Quizás si hubiera ido acompañada. Si no hubiera ido de fiesta. Si se hubiera quedado en casa. Si hubiera vestido un burka... Pero ahora que hemos llegado literalmente al fondo del pozo de la miseria humana hay más silencios que palabras. El reino de los «quizás» se derrumba. Y vuelven a levantarse las paredes de las conjeturas, los muros de los «si hubiera», pero con una fachada totalmente distinta. Porque si Diana Quer hubiera permanecido encerrada en su habitación aquel día, seguramente ahora unos padres diferentes estarían llorando a otra hija, a la que, al principio, alguien habría señalado también por haberse saltado algún mandamiento no escrito.

Hace poco, un juez portugués puso en duda en una sentencia que una mujer autónoma, con empleo y sin hijos a su cargo, pudiera ser víctima de malos tratos por parte de su marido. Teóricamente, este señor le otorgaba a la denunciante toda la libertad para marcharse de su casa cuando quisiera, para dejar a ese individuo que supuestamente la amenazaba con matarla si lo abandonaba. El mundo es así de extraño. Unas pasean demasiado solas. Y otras se empeñan en estar mal acompañadas. Nunca sabes cómo acertar.

Pero que nadie olvide que este cuento terrorífico no va de ovejas descarriadas. Va de lobos.

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