Locura y resultados electorales


Una de las definiciones de locura es hacer lo mismo repetidamente y esperar un resultado distinto. La política catalana parece que va a seguir esta definición a rajatabla. La repetición empieza con los votantes. Desde 1999, tras el fin del pujolismo, la suma de los partidos nacionalistas catalanes en el Parlament siempre ha oscilado entre el 46 y el 48 % del voto. Los partidos dentro de este grupo han ido cambiando con el tiempo. Las posiciones ideológicas han evolucionado, con los herederos de la vieja CDC moviéndose poco a poco hacia el independentismo. Lo que no ha cambiado es el porcentaje de votantes que escogen opciones que se autodefinen como nacionalistas, siempre anclado entre 46 y 48 %. La estabilidad del voto en una sociedad dividida no es nada fuera de lo habitual. En casi todas las democracias avanzadas el mejor predictor de voto individual sigue siendo el partido al que apoyaron sus padres. En Cataluña, donde el voto está fuertemente segmentado según el lugar de origen familiar, que los resultados electorales se repitan durante dos décadas es previsible. Lo que es menos previsible, sin embargo, es la actitud de los políticos ante esta estabilidad en las urnas.

Desde el 2012, cuando Artur Mas decidió que pactar presupuestos con el PP era menos rentable electoralmente que manifestarse contra la sentencia sobre el Estatut del 2010, los partidos catalanes llevan metidos en un bucle aparente infinito. Los nacionalistas han lanzado un proceso para conseguir la secesión de Cataluña del resto de España. Entre el 2012 y el 2015, Artur Mas y sus aliados se manifestaron, acusaron a todo el mundo de fascista, montaron un referendo ilegal y se hicieron las víctimas de forma incesante.

En vista de que no iban a ninguna parte, convocaron «elecciones plebiscitarias» para declarar la secesión, formando una gran coalición de unidad nacional. Sacaron esencialmente el mismo resultado que en el 2012, perdiendo dos escaños. Entre el 2015 y el 2017, Puigdemont sustituyó a Artur Mas en la presidencia de la Generalitat. Durante esos dos años, este y sus aliados repitieron la estrategia de Mas y aprobaron un par de leyes derogando la Constitución. Puigdemont estuvo a punto de convocar elecciones, para acobardarse ante las críticas de sus compañeros de viaje, así que fue el Gobierno central el que intervino, llamando a los catalanes otra vez a las urnas. Los nacionalistas, esta vez por separado, sacaron esencialmente el mismo resultado que en el 2015, perdiendo dos escaños. La reacción de Puigdemont, Junqueras y familia ante este resultado electoral no ha cambiado. Por ahora, prometen manifestarse, soliviantarse, acusar a todo el mundo de fascista, etcétera, y repetir exactamente la misma retórica y estrategia.

Las dos veces anteriores todas estas maniobras acabaron con Cataluña dentro de España y un resultado electoral idéntico al de anteriores comicios. Uno no tiene que ser un genio para ver que retomar el conflicto constante y seguir ignorando las opiniones de más de la mitad del electorado no va a cambiar nada. Los unionistas, mientras tanto, parece que poco pueden hacer por ahora. Los dos partidos más votados en este bando, Ciudadanos y PSC, llevaban en su programa una reforma constitucional y un nuevo sistema de financiación autonómica. Incluso el PP ha prometido una reforma de la financiación. Los nacionalistas han hecho oídos sordos a cualquier promesa, propuesta u oferta realizada, y parece que van a seguir igual esta legislatura. La feroz competencia entre los dos partidos secesionistas ha hecho que nadie quiera bajarse del burro. La única salida será o bien cuando Puigdemont i Junqueras se cansen, o cuando los alegres chiflados de la CUP se aburran y les dejen en minoría.

La otra posibilidad, a medio plazo, es que el PP pierda las próximas elecciones generales. Los nacionalistas catalanes tienen una desconfianza total y absoluta hacia los populares y no van a creerse ninguna oferta que dependa de ellos. El problema, claro está, es que es difícil decir si un hipotético gobierno socialista o de ciudadanos sería recibido con menos escepticismo, tras años de conflicto y con políticos en la cárcel.

Tristemente, la solución del conflicto catalán depende más de que los políticos independentistas literalmente entren en razón que de lo que diga o escriba nadie. Mientras ERC y JxC estén compitiendo por la hegemonía del nacionalismo catalán, dudo que veamos grandes cambios sobre el terreno.

Autor Roger Senserrich Politólogo

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