Toma Inés, «este pouquiño de prixel»


La insistencia del Partido Popular en que Inés Arrimadas, como dirigente de la fuerza más votada en las elecciones autonómicas, intente ser presidenta de la Generalitat resulta tan sorprendente que solo cabe pensar que tras ella se esconden inconfesables intenciones. El hecho de que a tal dislate se acaben de unir los socialistas confirma la sospecha de que los dos grandes partidos pretenden hacer con Arrimadas lo que el mono que ofrece a un loro perejil en una viñeta genial de Castelao: «En proba de admiración e de amor toma este pouquiño de prixel», dice el mono, sabiendo, claro, y ahí está el chiste, que el perejil resulta mortal de necesidad para los loros.

La cosa es, sin embargo, que la política catalana, que ha vuelto por sus fueros secesionistas impulsada por la supuesta valentía de un cobarde que prefirió la libertad a sus responsabilidades y principios, está para pocos chistes o, por mejor decir, para ninguno. No hay más que ver lo que han tardado en recuperar el discurso independentista los dirigentes rebeldes excarcelados para darse cuenta de que a medida que el olor del trullo se diluye en su memoria vuelven la declaración unilateral de independencia (DUI) y todos los disparates que ese esperpento lleva aparejados.

Por eso extraña tanto que algunos se empeñen en una apuesta que Ciudadanos podría desechar con un plumazo: la razones por las que Arrimadas debe rechazar la reiterada exigencia del PP para presentarse como candidata a la Generalitat son las mismas por las que Mariano Rajoy, pese a la insistencia del PSOE, rechazó ser candidato a la presidencia del Gobierno tras las elecciones de diciembre del año 2015. Es idéntica la razón para no caer en lo que obviamente es una trampa (ni tenía Rajoy ni tiene Arrimadas la más mínima posibilidad de ganar la presidencia) y me temo que idéntico es también el objetivo perseguido ahora por el PP y entonces por el PSOE: llevar al candidato propuesto al matadero.

Ciudadanos ha obtenido un excepcional resultado electoral el pasado 21 de diciembre, que es en gran medida consecuencia de la fuga a su favor de antiguos electores del PP y el PSC. Y, por tanto, nadie debería de extrañarse de que uno y otro intenten recuperar posiciones tras el castañazo que los de Arrimadas acaban de arrearles. Están, ¡solo faltaría!, en todo su derecho. Pero una cosa es eso y otra muy distinta olvidar por completo, como si jamás nada hubiera ocurrido, lo que nos estamos jugando en Cataluña, donde las fuerzas no independentistas tienen el deber de trabajar juntas, más allá de sus legítimos intereses de partido, en construir una política unitaria que oponer al independentismo.

En realidad, y tras lo ocurrido en las últimas elecciones, si Ciudadanos, PSC y PP no son capaces de articular un discurso común, creíble y eficaz, contra la locura del independentismo, parar al secesionismo será cada vez más difícil y costoso. Pues el nacionalismo juega con una ventaja formidable: que interpela los instintos más primarios, los más fáciles de manipular y de agitar.

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