El nacionalismo como patología


Día a día, desde hace varios meses, se confirma la trágica irresponsabilidad de los dirigentes políticos conjurados en Cataluña a favor de la rebelión secesionista. Sabíamos ya de su aventurerismo, de su maltrato al pluralismo interno de la sociedad catalana, de su desprecio a las leyes que debían guardar y hacer guardar y de la desvergonzada cobardía con que metieron a dos millones de personas en un mayúsculo follón tras convencerlas, con métodos abyectos, de que caminaban hacia un seguro paraíso.

Ahora, tras haber encontrado la Guardia Civil un dietario detallado sobre la marcha del procés escrito por Josep María Jové, el número dos de Oriol Junqueras, sabemos, además, que los principales dirigentes del nacionalismo eran plenamente conscientes de que no tenían posibilidad alguna de ganar el pulso que le habían planteado al Estado, pero que, pese a ello, siguieron adelante con la única finalidad de avivar un grave enfrentamiento con la malvada España que pudiera servir para mejorar su posición personal cuando se produjera la derrota que casi todos los líderes separatistas daban por segura.

Desgraciadamente la acción política de los independentistas acabó provocando en una parte de la sociedad catalana una espiral de locura, fanatismo sectario e irracionalidad que ha estado en el origen de otra irresponsabilidad si cabe más perturbadora: aquella por virtud de la cual la práctica totalidad de los votantes nacionalistas han decidido que bendecirán el día 21 a quienes han provocado en Cataluña un destrozo verdaderamente formidable.

Y como, al parecer, nadie se atreve a decirlo sin tapujos, lo haré yo: según todos los sondeos, hay al parecer en Cataluña en torno a dos millones de votantes a los que no les importa nada haber estado gobernados durante años por la cleptocracia pujolista, ni menos aún haber puesto después el poder autonómico en manos de un grupo de tarambanas, formado en diferente proporción por desaprensivos e insensatos, que han destrozado el buen nombre de Cataluña y dañado el de España gravemente, que han hecho cisco la convivencia entre catalanes nacionalistas y no nacionalistas y han provocado un daño enorme a la economía catalana y española en su conjunto. Unos irresponsables dirigentes a los que dos millones de catalanes, rompiendo una regla de oro de la democracia, no están dispuestos a exigir que rindan cuentas. Esos, para los que un Iceta completamente desnortado y abducido por el nacionalismo pide ya el indulto, como si sus presuntos delitos fueran una coña marinera.

Escribía el filósofo y novelista hispano-norteamericano Jorge Ruiz de Santayana que la sabiduría llega con las desilusiones, lo que, siendo indiscutible con carácter general, no corre, por lo que se ve, para el electorado nacionalista catalán, que se muestra dispuesto a tropezar en la misma piedra sin parar aunque con ello solo consiga caerse de bruces y abrirse la cabeza. Y abrírnosla, de paso, a otros muchos millones de españoles.

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