Por qué el PP se estrella en Cataluña


Las encuestas publicadas sobre Cataluña nos ofrecen dos datos que, al menos a primera vista, son contradictorios: que la aplicación del artículo 155 marca un momento de inflexión en la política catalana, que activó un electorado hasta ahora silencioso y alivió la tensión creada por el independentismo; y que el partido que soportó los costes de aplicación de ese artículo, cuya gestión está siendo respetuosa y modélica, es el que va a sufrir -porque en todas las encuestas va de último- la más ostensible de las derrotas.

Para enfrentar tan tremenda paradoja solemos echar mano de tres tópicos que, aunque tengan ligeras conexiones con la realidad, solo sirven para aumentar el estupor que producen los pronósticos: a) que el PP fue parte del problema, porque no hizo política ni gobernó la crisis, lo que, en términos objetivos, es una majadería; b) que el PP nunca acertó con la tecla que le permitiese implantarse con normalidad en Cataluña ni crear equipos de calidad, lo que es básicamente cierto; y que la inteligente, mesurada y decidida Inés Arrimadas, que pesca en el mismo lago que Albiol y arrastra todo el voto útil, es infinitamente más atractiva que el brusco y deslavazado señor Albiol, lo que también es una verdad como un templo. Pero esas tres razones no significan que el PP sea el partido que más daño le hizo a Cataluña; ni que Albiol sea el peor de los candidatos; ni que la concentración del voto conservador en Ciudadanos sea, a medio plazo, una estrategia inteligente.

Lo que le va a suceder al PP es algo corriente en política, que tiene mucho que ver con la célebre metáfora freudiana de matar al padre. Porque el mismo electorado que quiere aprovechar plenamente la valiente acción de los populares, para empezar a poner orden en su desvencijada política, necesita reafirmar al mismo tiempo su autonomía psicológica, rompiendo cualquier vinculación directa o indirecta con el tutor que les va a entregar su herencia, pero cuyo modelo familiar inicialmente rechazan.

El ejemplo más citado de este complejo freudiano es la derrota que los ingleses le infligieron a Churchill inmediatamente después de haber salvado al Reino Unido y al mundo de la plaga hitleriana. Pero en España tenemos un ejemplo más próximo y más claro, que fue la liquidación de la UCD: del mejor líder de la democracia, de la clase política más madura y eficiente, y del partido a cuya quema debemos el éxito de la transición. Lo hicimos, además, con un injusto sadismo. Aunque hoy sabemos que aquel episodio fue la señal de ruptura con un pasado oprobioso que nos permitió asentar un nuevo proyecto de país. Por eso es frecuente que en democracia ganen los mediocres, e incluso los peores, y pierdan los mejores. Porque ese es el momento en que los votantes certifican la muerte del buen padre, y el empleo de su herencia por una nueva generación.

Votación
75 votos
Comentarios

Por qué el PP se estrella en Cataluña