Adiós a un político serio


Ha causado sorpresa el fallecimiento de Manuel Marín. Un político serio, honesto, cabal y honrado. Son los hechos y las palabras las que al final del camino redimensionan la vida y la estatura humana, en este caso también política, de las personas. Comprometido con sus ideas, con España y con Europa, la desaparición de Marín simboliza la pérdida y testimonio final de otra generación de políticos muy distintos y distantes a la actual. No vamos aquí y ahora a caer en la tentación de comparar. Creo que todos somos capaces de extraer conclusiones sin que las mismas sean precipitadas.

España sigue siendo, en lo político al menos, un país cainita, visceral. De cierta trinchera y donde la ideología parece que desprestigia. Ser honesto, riguroso, serio y firme con sus convicciones parece que, hoy, prisioneros de los titulares mediáticos de dos segundos y de las cifras estadísticas de las encuestas, no vende. Tiene un duro precio, el de la soledad, el ser paria político. Defender sobre todo la utilidad, el vigor, y la fuerza legítima y democrática de las instituciones desde el respeto y la pluralidad, la educación y la tolerancia también se lleva retazos de decepciones, silencios y desprecios veleidosos.

Fue un político maduramente joven a la edad en que entró en este arte, porque la política es un arte cuando la altura de miras se hace presente y no la visceralidad, el barro y el fango que tanto se practica en este solar ibérico. Extremadamente preparado, cultivado y formado, su carrera fue meteórica, pero no solo al servicio del socialismo de nuevo cuño posterior a Suresnes, con Felipe González, sino al servicio de España y de Europa, su gran aspiración y sueño, España encajada definitivamente en esa Europa, y España no sojuzgada sino protagonista.

En la retina de muchos niños de 1985 queda la imagen de aquel hombre desgarbado y alto, con frondosa barba, firmando tras el presidente y el ministro de Exteriores en el Palacio Real nuestra certificación de madurez democrática y homologación, por fin, en Europa, sin miedos, sin complejos.

Tuvo una carrera burocrática y política de primer orden y nivel en las instituciones bruselenses, copando puestos en los que brilló, aportó, importó y consiguió fortalecer aquella Europa bajo la batuta del mejor presidente de la Comisión, Jacques Delors. Su vuelta al primer plano político español concluyó con una presidencia honorable y muy meritoria de las Cortes, pese al barro, a la patraña y a la hostilidad de los grupos entre sí en un todo vale. Supo estar por encima de adscripciones e ideologías, dignificando la institución, dando un ejemplo de rectitud, seriedad, sobriedad, elegancia y rigor que honró a la institución cumbre y base de nuestra democracia. Meses antes de concluir su mandato, anunció su abandono de la política activa. Tal vez, esta ya no representaba viejos ideales ni su fotografía o radiografía era la mejor del sistema mediocre de partidos políticos.

Con él se va un auténtico servidor del Estado y un político serio. Dos grandes atributos, más en los tiempos que corren. Supo ver, vivir y pagar el precio que cuesta ser independiente y tener criterio. Gracias por honrar a la Política con mayúsculas. Un ejemplo.

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